CASA
GERVASIO. Pedro Arnal Cavero, 13. Alquézar (Huesca). Menú
único: 20 €. Embutidos. Canelones rebozados. Judías
verdes y/o blancas. Costillas a la plancha con patatas fritas y/o
conejo en salsa de almendras. Fruta o flan de la casa. Vino a
discreción. Café y pastas. Licores a voluntad.
Casa
Gervasio (Alquézar): trasunto de estomagueras, rancho
espiritual.
De
cómo un menú à
volonté
puede violentar un estómago
Casa
Gervasio se ha hecho con un nombre en el sector de la restauración
de este bello paraje de la Sierra de Guara, Alquézar:
empinadas calles que parecieron asentarse al socaire de la Colegiata,
monumento que domina orgulloso la vega y el cañón del
río Vero. El pueblo ha conocido varias y progresivas
restauraciones, de tal manera que el visitante se cree transportado
lejos del frenético mundo contemporáneo. Pero nada más
lejos de la realidad: uno no puede abstraerse del ajetreo de sus
transeúntes, a quienes la cercanía de las peñas
y gargantas parece haber insuflado un frenesí excursionista,
traducible en esas miríadas de pateadores de los cañones
cargados de mosquetones y mochilas.
Y de
este fenómeno montañero no tienen poca responsabilidad
sus "descubridores" franceses, quienes encontraron en la
soledad de la Sierra un territorio arisco y agreste, de incomparables
misterios y desoladas campiñas. El barranquismo francés
ha sido el maná de los serranos, quienes han sabido explotar
las riquezas naturales de su entorno, haciendo necesaria la presencia
de una figura de protección que preservara de la rapiña
desarrollista tantos valores mediambientales como encierra la Sierra.
Alquézar
es un pueblo bonito, que se recrea en sus coquetas calles remodeladas
al gusto medieval, que inspira sosiego al fatigado excursionista
montaraz, quien encuentra acomodo estético para sus ojos,
asombrados por la belleza de los recónditos cañones. Y
quien encuentra generosa posada en Casa Gervasio, un restaurante que
reabastece los necesitados cuerpos con sus copiosísimas
raciones.
Y la
verdad es que este modesto restaurante, atendido con donaire y
gracejo por una especie de generala acostumbrada a bregar con todo
tipo de clientes, foráneos o no, empapuza consistentemente a
aquellos clientes que buscan en su mesa el exceso de una cocina bien
surtida, pero con escasa variedad. El comensal, avisado por la
reputación del mesón, se sienta con ceremonia, saliva
convenientemente, sabedor de que va a enfrentarse a una experiencia
ciertamente pantagruélica.
La
ceremonia se abre por un sencillo kyrie
eleison de
embutidos: jamón y queso con alguna chispa de longaniza y
chorizo -que el comensal devora religiosamente-. Y uno se pregunta si
tan malos son los quesos y perniles de la tierra, debiendo degustar,
más con gula que con deleite estético, un embutido de
tercera y un queso insípido. Oh, pastores del vecino pueblo de
Radiquero, fabricantes de esquisitos productos lácteos: ¿por
qué habéis abandonado a Gervasio al afán
usurero?
Es el
turno del Tuba mirum
con esos canAlones
de foie-gras de los bajos fondos del supermercado, rebozados y fritos
en un sospechoso aceite. La receta, que podría haber aportado
un tantinet
de curiosidad, se instala en los prolegómenos del deleite, y
sirve tan sólo al empapuzamiento sin miramientos.
Continúa
el rito con un Dies
irae de judietas
y judías blancas, según uno tienda al tenedor o a la
cuchara. Apetitosas brillan en la soledad de la fuente las primeras,
protagonistas totales de un plato introductor sin patatas ni
acompañamiento posible: hay que sentir hasta el tuétano
esa ceite
(los óleos son femeninos en el Somontano) que no reconoce la
oliva, tan presentes las oliveras
en todos los contornos. El ánimo cálmase un sí
es no es con las judías blancas, que saben a pueblo, que saben
a esos platos antiguos de dilatada cocción, presentes en la
cocina de semana en semana y que, a
força de nits,
pierden el sabor evocador del huerto robado al agreste peñasco.
Uno se introduce en el Recordare
de la liturgia católica soñando con los sabrosos
cocidos de la escudella catalana, del cocido montañés,
de la fabada montaraz: esos sabores que le hacen a uno pensar, con
Josep Pla, que el verdadero exilio está en el otro mundo: nada
que ver con esta judiada, la verdad.
Y
llega la hora de la verdad, el plato de resistencia, basado en
nuestro Aragón en el sacrosanto cordero, el Agnus
Dei de esta
ceremonia enajenante. Mientras los franceses braman flotando en los
vapores de un vino violento, las costillitas a la plancha saben a
déjà
vu, a déjà
mangé, a
esos invitados a un banquete que, como nadie conoce muy bien, se
sientan a todas las mesas sin que nadie llegue a dirigirles la
palabra. Es el cordero social, frito y refrito, recaldeado por los
vapores de la cocina y que ese caldo de uva -que tan poca justicia
hace a la producción de la tierra- permite hacerlo pasar
desapercibido.
El
cordero en Aragón parece una segura tabla de salvación
en la irregular restauración local. El Rex
tremendae de los
fogones altoaragoneses. Sin embargo los hay que hacen caso omiso de
tal recomendación consuetudinaria y se fían de sus
recuerdos familiares. Si uno tiene la suerte de que la inteligencia
de su compañero/a de mesa haya tendido al monte, podrá
desgustar el conejo en salsa de almendra: cocinado con la sabiduría
de la cacerola vieja, sin tener en cuenta urgencias ni prisas: es el
recurso final de quien, sabiéndose ahíto, oye las
demandas del paladar más que del estómago. Salsa
untuosa, Lux
aeterna, polvo de
almendra como camino de leche hacia la salvación espiritual,
conejo cocido en la generosidad del guiso familiar: solución
de todos los males culinarios sufridos hasta el momento.
El
postre es completamente obviable, así como el café de
puchero, cuyas bondades algunos tradicionalistas no se cansarán
de gritar a los cuatro vientos: uno ha crecido en la tecnología
caffetiera,
del expresso
corto o del tintico
bogotano. No me vengan con estas malas artes, ni con esas pastas
revenidas, compañeras de Matusalén en sus travesuras.
Si aún quedan ganas de beber, si aún queda algo de
respeto por la vida, uno pedirá el orujo de la casa, que
quién sabe si viene del vecino Radiquero: sabio pueblo
productor de cosas tan ricas. Beba uno sin recato, que la
ceite, las chullas,
las legumbres, han sobrevivido a mil batallas; que la esponja está
hecha; que si uno ha soportado todo eso, cómo no ha de
aguantar del alma del vino el líquido reducto: esa lachrima
finale resultado
del giro de las siete esferas. Por fin, tras ese Benedictus,
sale uno con el ánimo nuevo, con la fe recobrada en la
gastronomía, que se puede disfrutar en esta tierra de la
humildad de la casa de pueblo, de que la alegría sobrevive en
una botella: que su Sancto
Spiritu puede
redimir los pecados de las malas artes del demonio usurero. Y esto se
dice uno cuando, de vuelta casa, los suaves eructos que provoca el
orujo le hacen olvidar los malos sabores del infortunio.
Infortunio
que, como ustedes pueden imaginar, no le deseo a nadie.
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