miércoles, 25 de junio de 2014

24. EMANCIPACIÓN (vísita del príncipe de Asturias)

Ha venido el Príncipe de Asturias a tierras aragonesas en olor de multitudes; aclamado por donde quiera que fuese; agasajado y honrado como si de ello dependieran nuestro futuro y nuestro orgullo. Se ha entrevistado con las "fuerzas vivas" de la provincia para convencernos de que, palmadita en el hombro, nosotros también existimos. Y nada más.
Ha pasado por aquí caminando por la alfombra roja de los vítores de los aragoneses, como los personajes de celuloide pasean el palmito a la entrada de los grandes festivales de cine. Ni acuerdos ni promesas de desarrollo se derivarán de este dispendio humano. Ningún beneficio. El recibimiento que Aragón le ha dado ha sido un acto de fe en la Corona.
Por un momento, por favor, comparemos a esos efímeros astros del espectáculo con los miembros de la Casa Real: coinciden todos ellos en ser carne de las revistas del corazón, de la sección para marujas de los telediarios: son personajes de papel cuché. Su función podría consistir en encarnar la cima que los ciudadanos de a pie -los transeúntes de la historia nos llamó Vázquez Montalbán- jamás llegarán a alcanzar. Son agentes de contención social, puesto que su endiosamiento los hace aéreos, sobrehumanos: contribuyendo al control de las masas.

Los actores y artistas de toda índole, aunque endiosados por los medios de comunicación interesados económicamente en su promoción, son hijos de sus actos y de su arte. Este señorito de pelo rizado y traje demodé es hijo de su padre, el Rey -el ciudadano Juan Carlos que diría Rahola-; o sea nieto de Franco: un resto del período totalitario que asoló España durante cuatro décadas. Una herencia antidemocrática en un país que se precia de haber alcanzado las más altas cotas de representación ciudadana a través de sus instituciones. Sí, que su papel es simbólico, de cohesión del Estado plurinacional, que si la transición por aquí, que sin él el 23-F por allá...
Si el pueblo necesita símbolos es porque no se siente maduro, precisa reafirmar su identidad a machamartillo de multitudes y discursos, de banderas y signos de identidad. Un líder indiscutible, fuera de toda discusión y debate, de origen divino y de secular linaje, no puede más que encarnar el mito del padre para la población hambrienta de salvadores.
El padre. La voz emanciparse, según el diccionario de la Real Academia Española, significa "libertar de la patria potestad, de la tutela o de la servidumbre; librarse de cualquier clase de subordinación o dependencia". El sociólogo oscense Enrique Gil Calvo añade en su último ensayo que emanciparse es "salir de la minoría de edad dependiente para acceder a la mayoría de edad". Pero se pregunta él mismo: "¿cómo podría nadie esperar emanciparse mediante la escenificación ritual de una imaginaria minoría de edad, que además te hace depender conyugalmente de un padre-marido mayor que tú, que te sujeta y domina desde su estatus de edad superior?" (pág. 296). Esto, en relación con la infantilización a que se someten algunas mujeres para hacerse más atractivas al dominante macho. La emancipación a través de la sumisión es un salir de Guatemala para ir a guatepeor.
Nosotros, aragoneses, no hemos logrado emanciparnos de la tiranía de los símbolos y los endiosamientos. Aclamamos a los héroes de nada, héroes de papel -como los tigres de Mao- así como aclamamos a los personajes del Gran Hermano. Es la entronización de lo banal. Aplaudimos a su paso (Jorge, Vanessa, Mariajo, qué sé yo quién más..., Felipito) con la sonrisa y un "míralo que guapo y qué sencillo". Como a las mairalesas.

Nietzsche intentó emancipar al Hombre de la dependencia del mito, allá por principios del siglo pasado. Nosotros seguimos sacando a nuestros mitos de procesión, con el ejército y la guardia civil de escolta, en el deseado y deseante siglo XXI.

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