Ha
venido el Príncipe de Asturias a tierras aragonesas en olor de
multitudes; aclamado por donde quiera que fuese; agasajado y honrado
como si de ello dependieran nuestro futuro y nuestro orgullo. Se ha
entrevistado con las "fuerzas vivas" de la provincia para
convencernos de que, palmadita en el hombro, nosotros también
existimos. Y nada más.
Ha
pasado por aquí caminando por la alfombra roja de los vítores
de los aragoneses, como los personajes de celuloide pasean el palmito
a la entrada de los grandes festivales de cine. Ni acuerdos ni
promesas de desarrollo se derivarán de este dispendio humano.
Ningún beneficio. El recibimiento que Aragón le ha dado
ha sido un acto de fe en la Corona.
Por
un momento, por favor, comparemos a esos efímeros astros del
espectáculo con los miembros de la Casa Real: coinciden todos
ellos en ser carne de las revistas del corazón, de la sección
para marujas de los telediarios: son personajes de papel cuché.
Su función podría consistir en encarnar la cima que los
ciudadanos de a pie -los transeúntes de la historia nos llamó
Vázquez Montalbán- jamás llegarán a
alcanzar. Son agentes de contención social, puesto que su
endiosamiento los hace aéreos, sobrehumanos: contribuyendo al
control de las masas.
Los
actores y artistas de toda índole, aunque endiosados por los
medios de comunicación interesados económicamente en su
promoción, son hijos de sus actos y de su arte. Este señorito
de pelo rizado y traje demodé es hijo de su padre, el Rey -el
ciudadano Juan Carlos que diría Rahola-; o sea nieto de
Franco: un resto del período totalitario que asoló
España durante cuatro décadas. Una herencia
antidemocrática en un país que se precia de haber
alcanzado las más altas cotas de representación
ciudadana a través de sus instituciones. Sí, que su
papel es simbólico, de cohesión del Estado
plurinacional, que si la transición por aquí, que sin
él el 23-F por allá...
Si
el pueblo necesita símbolos es porque no se siente maduro,
precisa reafirmar su identidad a machamartillo de multitudes y
discursos, de banderas y signos de identidad. Un líder
indiscutible, fuera de toda discusión y debate, de origen
divino y de secular linaje, no puede más que encarnar el mito
del padre para la población hambrienta de salvadores.
El
padre. La voz emanciparse, según
el diccionario de la Real Academia Española, significa
"libertar de la patria potestad, de la tutela o de la
servidumbre; librarse de cualquier clase de subordinación o
dependencia". El
sociólogo oscense Enrique Gil Calvo añade en su último
ensayo que emanciparse es
"salir de la minoría de edad dependiente para acceder a
la mayoría de edad". Pero se pregunta él mismo:
"¿cómo podría nadie esperar emanciparse
mediante la escenificación ritual de una imaginaria minoría
de edad, que además te hace depender conyugalmente de un
padre-marido mayor que tú, que te sujeta y domina desde su
estatus de edad superior?" (pág. 296). Esto, en relación
con la infantilización a que se someten algunas mujeres para
hacerse más atractivas al dominante macho. La emancipación
a través de la sumisión es un salir de Guatemala para
ir a guatepeor.
Nosotros,
aragoneses, no hemos logrado emanciparnos de la tiranía de los
símbolos y los endiosamientos. Aclamamos a los héroes
de nada, héroes de papel -como los tigres de Mao- así
como aclamamos a los personajes del Gran Hermano. Es la entronización
de lo banal. Aplaudimos a su paso (Jorge, Vanessa, Mariajo, qué
sé yo quién más..., Felipito) con la sonrisa y
un "míralo que guapo y qué sencillo". Como a
las mairalesas.
Nietzsche
intentó emancipar al Hombre de la dependencia del mito, allá
por principios del siglo pasado. Nosotros seguimos sacando a nuestros
mitos de procesión, con el ejército y la guardia civil
de escolta, en el deseado y deseante siglo XXI.
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