Escribo
estas cuantas líneas a propósito del informe que ha
hecho público la Real Academia de la Historia sobre la
ense&anza de esa disciplina en el conjunto del Estado espa&ol.
Los
resultados, aunque sorprendentes una vez que han sido pasados por el
cedazo del examen institucional, no han pillado a nadie desprevenido.
Cada Comunidad dotada de competencias en lo referente a dise&os
curriculares barre para casa en cuanto se trata de apropiarse la
autoría de los hechos históricos. Lógico que se
tienda a dotar de importancia relevante a aquellos hechos que
conviertan a los miembros de una comunidad en protagonistas de la
Historia. Para tomar las riendas de la construcción del relato
nacional es preciso dejar de lado el discurso victimista, que lo
único que hace es contribuir, al crear así
damnificados, a las relaciones internacionales de tipo conflictual.
Paréntesis:
(Esto, por otra parte, es paradójico si se observa el hecho de
que, aún hoy en día, nacionalidades tan afianzadas en
el imaginario peninsular como la catalana utilizan la agresión
castellana como definición de su condición de pueblo
aparte. Nacionalidad que no es espa&ola precisamente porque la
pretensión unitaria castellana despreció su identidad.
Así, esa definición basada en el da&o sufrido les
lleva al llanto irreprimible: terreno de los sentimientos que jamás
la razón lógica podrá rebatir.)
Con
esto, el relato nacional se asienta sobre las bases del localismo. Es
importantísimo considerar el hecho local en su justa medida:
en él se construye la identidad del ciudadano como miembro de
una comunidad palpable. Pero, modestamente digo yo, el hecho local no
se basta para dotar a un pueblo de identidad. Esta se dibuja en la
relación con lo otro, con lo foráneo. Somos lo que no
somos, lo que nos diferencia del vecino.
Por
ello mismo, dentro de la lógica del nacionalismo excluyente,
Espa&a debe desparecer como concepto (aunque sólo fuera
abstracto) ya que desnacionaliza las comunidades periféricas.
En esa lógica, Euskadi no lo es tanto mientras no borre su
referencia al Estado espa&ol. No cabe en esa lógica
separar la nación del estado. Espa&a, así, se
convierte en el "territorio limítrofe" que sólo
merece unas líneas en los libros de historia dise&ados
para las ikastolas; al
que no se hace tan apenas mención en la sesgada construcción
de la patria gallega; al que su espíritu anexionista sólo
le hace merecer el papel de enemigo en el relato catalán.
De
ahí que la Historia sea tan importante en la creación
de la conciencia de nación. De ahí que se levanten
tantos muros para olvidar el pasado común y enfatizar la
"microhistoria" ('intrahistoria' diría Unamuno) en
aras de la construcción de la "unidad de destino en lo
universal". Olvidar ese pasado tan cercano que también
tergiversó los contenidos de los libros de texto para hacer de
la Historia parte de aquella siniestra "formación del
espíritu nacional".
Yo
creo que es preciso elegir uno de dos caminos en toda política
escolar: o se crean ciudadanos con capacidad de pensar, o se hacen
soldados para la causa de la patria (ya sea esta la nación, la
clase social, la familia o la sociedad de consumo). Ahí radica
la diferencia entre la educación y la instrucción,
entre la formación del individuo y la del súdito.
La
Historia narrada en clave emocional no puede crear más que
monstruos. Pues no fueron otra cosa todos esos héroes que,
bajo el patrón del Capitán Trueno y Roberto Alcázar
y Pedrín, creó la cultura franquista. Habrá que
esperar para ver adónde nos conducirá el sue&o de
la razón del nacionalismo.
Un
apunte más : creo firmemente y defiendo el derecho de
autodeterminación de todos los pueblos de este mundo. Con
estas líneas tan sólo pretendo preguntar al lector y a
mí mismo por el tipo de nación que queremos para
Aragón.
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