miércoles, 25 de junio de 2014

23. LA EDUCACIÓN EN LA NACIÓN

 Escribo estas cuantas líneas a propósito del informe que ha hecho público la Real Academia de la Historia sobre la ense&anza de esa disciplina en el conjunto del Estado espa&ol.
Los resultados, aunque sorprendentes una vez que han sido pasados por el cedazo del examen institucional, no han pillado a nadie desprevenido. Cada Comunidad dotada de competencias en lo referente a dise&os curriculares barre para casa en cuanto se trata de apropiarse la autoría de los hechos históricos. Lógico que se tienda a dotar de importancia relevante a aquellos hechos que conviertan a los miembros de una comunidad en protagonistas de la Historia. Para tomar las riendas de la construcción del relato nacional es preciso dejar de lado el discurso victimista, que lo único que hace es contribuir, al crear así damnificados, a las relaciones internacionales de tipo conflictual.
Paréntesis: (Esto, por otra parte, es paradójico si se observa el hecho de que, aún hoy en día, nacionalidades tan afianzadas en el imaginario peninsular como la catalana utilizan la agresión castellana como definición de su condición de pueblo aparte. Nacionalidad que no es espa&ola precisamente porque la pretensión unitaria castellana despreció su identidad. Así, esa definición basada en el da&o sufrido les lleva al llanto irreprimible: terreno de los sentimientos que jamás la razón lógica podrá rebatir.)
Con esto, el relato nacional se asienta sobre las bases del localismo. Es importantísimo considerar el hecho local en su justa medida: en él se construye la identidad del ciudadano como miembro de una comunidad palpable. Pero, modestamente digo yo, el hecho local no se basta para dotar a un pueblo de identidad. Esta se dibuja en la relación con lo otro, con lo foráneo. Somos lo que no somos, lo que nos diferencia del vecino.
Por ello mismo, dentro de la lógica del nacionalismo excluyente, Espa&a debe desparecer como concepto (aunque sólo fuera abstracto) ya que desnacionaliza las comunidades periféricas. En esa lógica, Euskadi no lo es tanto mientras no borre su referencia al Estado espa&ol. No cabe en esa lógica separar la nación del estado. Espa&a, así, se convierte en el "territorio limítrofe" que sólo merece unas líneas en los libros de historia dise&ados para las ikastolas; al que no se hace tan apenas mención en la sesgada construcción de la patria gallega; al que su espíritu anexionista sólo le hace merecer el papel de enemigo en el relato catalán.
De ahí que la Historia sea tan importante en la creación de la conciencia de nación. De ahí que se levanten tantos muros para olvidar el pasado común y enfatizar la "microhistoria" ('intrahistoria' diría Unamuno) en aras de la construcción de la "unidad de destino en lo universal". Olvidar ese pasado tan cercano que también tergiversó los contenidos de los libros de texto para hacer de la Historia parte de aquella siniestra "formación del espíritu nacional".
Yo creo que es preciso elegir uno de dos caminos en toda política escolar: o se crean ciudadanos con capacidad de pensar, o se hacen soldados para la causa de la patria (ya sea esta la nación, la clase social, la familia o la sociedad de consumo). Ahí radica la diferencia entre la educación y la instrucción, entre la formación del individuo y la del súdito.
La Historia narrada en clave emocional no puede crear más que monstruos. Pues no fueron otra cosa todos esos héroes que, bajo el patrón del Capitán Trueno y Roberto Alcázar y Pedrín, creó la cultura franquista. Habrá que esperar para ver adónde nos conducirá el sue&o de la razón del nacionalismo.
Un apunte más : creo firmemente y defiendo el derecho de autodeterminación de todos los pueblos de este mundo. Con estas líneas tan sólo pretendo preguntar al lector y a mí mismo por el tipo de nación que queremos para Aragón.


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