Intento
responder con estas pocas líneas al artículo del Sr.
Vicent Franch, “‘A’ de Aragón y de Agua” que ayer
publicó su periódico. En el mismo, el columnista
lamentaba que la reacción de la sociedad aragonesa, a través
de la manifestación de Zaragoza del pasado día 8,
ensombreciera la celebración del Nou d’Octubre; que habría
sido ésta una fecha histórica en la que la Comunidad se
felicitase de la presentación del anteproyecto del PHN, cuya
piedra angular es el trasvase del Ebro.
Mi primera
reacción fue de indignación al observar que el PHN era
considerado frívolamente por el autor como un “logro” que
la manifestación aragonesa había venido a malograr.
Esta consideración me parece adolecer de una gran
insolidaridad, puesto que sólo basa su apreciación en
las ventajas que dicho proyecto pueda suponer para la Comunidad
Valenciana, sin tener en cuenta lo que en otros territorios del
Estado se tendría que pagar para satisfacer las demandas
levantinas. No se para a pensar el Sr. Franch en que podían
existir alternativas a la realización de una obra de semejante
envergadura, discutible en sus impactos ambiental y, como ya quedó
demostrado en Zaragoza, social. Insolidaridad maquiavélica la
del Sr. Franch, a quien sólo importan los fines y poco los
medios con que esos se alcancen. Insolidaridad de que han sido
acusados los aragoneses por negarse a repartir lo que es de todos en
una lógica de interdependencia de todos los territorios dentro
del Estado.
“Va y
vienen los aragoneses y nos aguan la fiesta”, sostiene el Sr.
Franch. Fue ciertamente la de Zaragoza una respuesta multitudinaria
orquestada por el Gobierno de la Comunidad, cuya magnitud sólo
se puede explicar por la cerrada y secular oposición que
Aragón ha presentado a que su rico vecino se le llevara el
agua para Barcelona. En ello yo entiendo que ha habido una cierta
manipulación de la sociedad consistente en hurgar en sus más
viejas heridas -lo cual no termino de aplaudir por mucho que esté
de acuerdo con el propósito político de la
manifestación-. La respuesta aragonesa ha sido el rechazo de
un modelo de desarrollo que prima las zonas ricas en detrimento de
las menos ricas; rechazo a presenciar impasibles el abandono de sus
tierras para que la España opulenta vea aumentar su riqueza
colectiva.
Muchos
defensores del trasvase apuntan la posibilidad de que las Comunidades
receptoras pudiesen pagar un alto tributo a la Comunidad aragonesa
para poder disfrutar de su más preciado recurso natural. Otros
señalan que el mismo PHN considera la completa realización
de las propuestas del Pacto del Agua, lo que ya debería
contentar al sector agrícola aragonés. Pero una cosa no
se puede considerar sin la otra. Para que el río transporte el
caudal necesario a las demandas creadas incluso en meses de estiaje,
habría que almacenar el agua en la cuenca del Ebro en grandes
embalses. El uso de los mismos podría satisfacer a los
agricultores del Altoaragón, por ejemplo, que verán por
fin atendida su deuda histórica; ahora bien, su construcción
incidiría en la despoblación que ya sufren estas
tierras, tradicionalmente deprimidas. Pregúntense, por favor,
si de verdad desean hacer de esa tierra, que ustedes visitan en
verano en busca del frescor de las cumbres, un depósito para
almacenar el agua que derrocharan a la vuelta al trabajo.
El
verdadero quiz de la cuestión radica a mi entender en saber a
quién va a favorecer esta costosísima y polémica
desviación de caudales entrecuencas. Si va a servir para
atender al campo, nos damos de bruces contra la promesa que encierra
el mismo PHN de no permitir la creación de nuevos regadíos
y de modernizar los existentes. ¿Para qué se necesita
entonces semejante volumen de agua si se va a optimizar el uso de la
ya existente? ¿Para el almacenamiento de excedentes generados
por el trasvase? Si se optimizara el uso del agua para regadíos,
la cifra del 85% de los recursos hídricos para agricultura
descendería y compensaría el porcentaje de uso para
agua de boca. Considerando esto así, la necesidad inducida de
satisfacer la demanda turística sería banal, puesto que
este sector dispondría de mucho mayor volumen de agua. Más
aún si se modernizasen también los sistemas de
canalización, tanto de irrigación como de consumo
humano, que pierden hoy por hoy, en su obsolescencia, hasta un 50%
del flujo.
El País
Valenciano es una Comunidad en donde no abunda el agua, un desierto
en muchas zonas del que se pretende hacer un vergel a manguerazo
limpio. Una tierra árida que se permite el lujo de soñar
con la construcción de sedientos parques acuáticos, de
suntuosos campos de golf, de infinidad de mansiones unifamiliares
engalanadas de verdes céspedes a la inglesa. Una tierra de
promisión al estilo de Las Vegas que, como la megalómana
ciudad estadounidense, requiere proyectos faraónicos y de gran
repercusión mediática. Proyectos que no admiten
discusión so pena de verse relegado al ostracismo de sus
conciudadanos, sedientos de una solución fácil y
rápida, tal es el clima de opinión que los grandes
interesados han conseguido crear en la sociedad.
¿Quiénes
deben pues de ser estos interesados? Aquellos a quienes tales obras
de infraestructura beneficien directamente: los grandes
constructores, y, en última instancia, aquellos cargos
políticos encargados de propiciar el clima de opinión
conveniente a su aceptación. Habiendo tanto en juego, no es
extraño que las otras opciones -igual de caras, igual de
efectivas, pero menos impactantes desde los puntos de vista
medioambiental y social- sean menospreciadas y criticadas. Por eso se
atreve el Sr. Franch a tachar a aquellos valencianos que acudieron a
Zaragoza “a firmar equívocos y demagógicos papeles
que no ayudan a nada”, de “gente que no representa a nadie”.
Considero que cualquier intento de acallar las voces disidentes, por
poco numerosas que sean, es muestra de un complejo de superioridad
moral, cuando no de autoritarismo. Hemos de escuchar pues las razones
de todas las partes implicadas para evitar así que la
facilidad de lo aprendido a machamartillo no nos ciegue en la emisión
de nuestros juicios.
Por
último, Sr. Franch, no le agradezco lo más mínimo,
como ecologista y como aragonés, que trate usted un tema tan
delicado con tanta frivolidad. Con ello sólo contribuye a
llenar con cemento armado, del hormigón de las presas y
canales, la cabeza de sus conciudadanos.
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