miércoles, 25 de junio de 2014

20. SOBRE LA CAZA

La caza, según algunos antropólogos, es la base de la civilización. Su ejercicio abriría un mundo lleno de sorpresas a los miembros masculinos del clan o grupo familiar. Otros antropólogos aseguran, por el contrario, que el germen del actual progreso -basado en la creación de herramientas y utensilios- reside más bien en la labor de las mujeres, que permanecían en casa: para cuidar del fuego y, sobre todo, para almacenar agua y alimentos, debían desarrollar técnicas que facilitasen el asentamiento definitivo en un lugar. El paso del nomadismo al sedentarismo. La cultura creada en torno a aquellos usos y costumbres no estrictamente necesarios para sobrevivir en el medio.
Sea como fuere, la caza todavía es percibida por muchos individuos macho como la única manera de apropiarse del entorno, de relacionarse con el medio, de acercarse a la naturaleza, en definitiva. Ese pretendido amor al campo de los cazadores que, escopeta al hombro, reparten su afecto a perdigonazo limpio, sólo se entiende dentro de una lógica simbólica: el ejercicio de la caza se convierte en un ritual conducente a asegurar al indefenso Hombre que puede hacer y deshacer cuanto le venga en gana en la hostil e implacable naturaleza. ¿Acaso no es la crueldad la verificación lúdica de una dominación?
Y todo esto con mayor razón en un tiempo en que al Hombre del mundo desarrollado le sobran recursos para alimentarse y vencer así ese ancestral miedo a la falta de sustento. La caza se ha convertido, pues, en un deporte. Un deporte cuyas reglas permiten que sólo uno de los antagonistas desarrolle estrategias, mientras que el otro sigue poseyendo la única y dudosa posibilidad de escapar. No hay juego limpio en la caza; no hay cuerpo a cuerpo; no existe igualdad. Esa desigualdad imposibilita el combate justo.
El domingo pasado, durante una excursión por el barranco del Arch, fui testigo involuntario de una batida de jabalí. Se trata éste de un territorio privado, dividido en numerosas parcelas, y que conserva una excelente unidad de bosque y monte bajo. El fondo de los vallecitos se dedicó en tiempo al cultivo de almendros y olivos, que se dejó de lado para dar paso a la explotación maderera -unos cuantos pinos para pasta de papel-. Es decir, que allí no hay cultivos hortelanos que el jabalí pueda menoscabar: acostumbrado argumento para organizar unas cacerías de tomo y lomo. "El jabalí en un animal muy dañino, que si no se le controla puede provocar muchos destrozos", he oído en infinidad de ocasiones por boca de escopeteros convencidos del carácter benefactor de su gusto por el gatillo. Pues bien, allí, este argumento no funciona. En ese paraje de idílica belleza -que en nada debe envidiar a otros paisajes agrestes del norte- se caza, por consiguiente, sólo por "deporte".
Imaginen el espectáculo de ver repartirse por esos salvajes montes el contenido de unos 40 todo-terrenos entre caminos y oteaderos; puestos que, al decir de los encargados de la guardería, habían sido subastados y vendidos al mejor postor. En ellos, y hasta el alto que separa la zona de influencia de Sella de la de Finestrat, pertrechados de escopeta cargada, dispuestos a disparar a todo jabalí que respire debajo del risco al que están encaramados, 60 deportistas. Cualquier visitante despistado intentaría huir de allí con la mayor brevedad, cosa que sólo conseguiría en caso de alcanzar el último puesto de acecho y preguntar al deportista:
- Perdone, ¿es éste el último oteadero?
- ¿El último lo qué?
Informado por la guardería (dos mocitos sonrientes que esperaban a la puerta del coto el buen término de todo aquello), pude enterarme de que la única restricción que impone la ley es que no se abatan hembras con crías. Yo me pregunté que cómo podría aquel señor del último oteadero respetar tal precepto, tan alterado como estaba por la posibilidad de avistar un jabalí. Pero, ¿y las demás especies que pueblan los montes, cuya caza está terminantemente prohibida por la ley? ¿Podemos estar seguros de que esos cazadores reconocen perfectamente las diferencias entre una presa legal y una especie protegida? En algunas Comunidades ya se practica un examen de caza para otorgar licencias. No sé si el amor por la naturaleza de esos señores con los que me encontré en el barranco de Arch se traduce en el célebre adagio "Bicho que vuela, a la cazuela", pero está claro que hay que educar a nuestros cazadores para limitar su peligrosidad. O permitir que sólo cacen aquellos que reúnan una serie de condiciones; que hayan, por ejemplo, seguido una cierta formación.
La Administración, personificada en los guardas forestales presentes en la apertura y clausura de toda batida, acepta ciertos disparos inocentes como daños colaterales al propio ejercicio de la caza; como algo inevitable, siempre mejor a que un cazador reciba la perdigonada de un compañero de partida.
En mi opinión, el problema reside más bien en ese peinar con los perros la zona para sacar de ella todo lo que se mueva y pegarle cuatro tiros. Reside en esa actitud de indefensión en que se sume al pobre animal, que huye despavorido para colonizar tal vez otra zonas menos generosas para con su insaciables dientes. Esa apropiación indiscriminada de los recursos de un paraje, caiga quien caiga, que no hace sino subrayar la ausencia de respeto que el Hombre siente hacia el medio.
Leo hoy en los diarios que unos cuantos aficionados a la caza del zorro han plantado sus tiendas delante del Parlamento de Londres, a modo de protesta, contra la posibilidad de que esta práctica desparezca de la lista de los deportes legales. Un deporte consistente en acorralar al indefenso raposo, quien muere entre las fauces del perro más fiero. Dudoso reparto de fuerzas entre el Hombre y su contrincante. Dudoso honor el del dueño de los perros al mostrar su trofeo ante los amigotes del pub. Extraño temblor de lo más profundo del interior del cazador que se siente en comunión con ese Homo erectus del principio de la humanidad.
El ejercicio de la caza podría antojársenos entonces como un atavismo del Hombre de las Cavernas, traducido en la perpetuación de los roles de género en la sociedad. Así, el cazador macho es capaz de asegurarse de que aún posee algunas de esas características que le sitúan a un lado o a otro de la manada. La caza podría entenderse entonces como una extensión de la virilidad; o incluso como una sustitución de lo que conforma normalmente a un hombre. No es más viril el hombre que necesita demostrar constantemente su virilidad: en el fondo de esta demostración se halla una carencia inconfesable, una inseguridad.
Así las cosas, pongamos que la caza sea patrimonio de los ejemplares masculinos de nuestra especie. Pongamos también que su ejercicio forme parte de los ritos de paso de la niñez a la adolescencia y a la vida adulta. En ese caso, habría que educar hombres acostumbrándolos a convivir con la crueldad (entendiendo ésta como la insensibilidad ante el sufrimiento provocado en el vecino). Y no es ése precisamente el mundo que deseamos para nuestros descendientes, creo poder imaginar.
Deberíamos prohibir de una vez por todas la caza llamada deportiva, resto de primitivismo, residuo de oscuro expolio del mundo que nos rodea. Mientras los ciudadanos de este Estado sigamos regocijándonos en torno a la muerte de un animal (ya sea éste muerto a escopeta, a muleta y espada, o lanzado por un camapanario abajo), no creo que podamos considerarnos liberados de un incómodo primitivismo.

Francisco Domínguez González
(Colaborador de Ecologistas en Acción

y profesor en la Universidad de Alicante)

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