La
caza, según algunos antropólogos, es la base de la
civilización. Su ejercicio abriría un mundo lleno de
sorpresas a los miembros masculinos del clan o grupo familiar. Otros
antropólogos aseguran, por el contrario, que el germen del
actual progreso -basado en la creación de herramientas y
utensilios- reside más bien en la labor de las mujeres, que
permanecían en casa: para cuidar del fuego y, sobre todo, para
almacenar agua y alimentos, debían desarrollar técnicas
que facilitasen el asentamiento definitivo en un lugar. El paso del
nomadismo al sedentarismo. La cultura creada en torno a aquellos usos
y costumbres no estrictamente necesarios para sobrevivir en el medio.
Sea
como fuere, la caza todavía es percibida por muchos individuos
macho como la única manera de apropiarse del entorno, de
relacionarse con el medio, de acercarse a la naturaleza, en
definitiva. Ese pretendido amor al campo de los cazadores que,
escopeta al hombro, reparten su afecto a perdigonazo limpio, sólo
se entiende dentro de una lógica simbólica: el
ejercicio de la caza se convierte en un ritual conducente a asegurar
al indefenso Hombre que puede hacer y deshacer cuanto le venga en
gana en la hostil e implacable naturaleza. ¿Acaso no es la
crueldad la verificación lúdica de una dominación?
Y
todo esto con mayor razón en un tiempo en que al Hombre del
mundo desarrollado le sobran recursos para alimentarse y vencer así
ese ancestral miedo a la falta de sustento. La caza se ha convertido,
pues, en un deporte. Un deporte cuyas reglas permiten que sólo
uno de los antagonistas desarrolle estrategias, mientras que el otro
sigue poseyendo la única y dudosa posibilidad de escapar. No
hay juego limpio en la caza; no hay cuerpo a cuerpo; no existe
igualdad. Esa desigualdad imposibilita el combate justo.
El
domingo pasado, durante una excursión por el barranco del
Arch, fui testigo involuntario de una batida de jabalí. Se
trata éste de un territorio privado, dividido en numerosas
parcelas, y que conserva una excelente unidad de bosque y monte bajo.
El fondo de los vallecitos se dedicó en tiempo al cultivo de
almendros y olivos, que se dejó de lado para dar paso a la
explotación maderera -unos cuantos pinos para pasta de papel-.
Es decir, que allí no hay cultivos hortelanos que el jabalí
pueda menoscabar: acostumbrado argumento para organizar unas cacerías
de tomo y lomo. "El jabalí en un animal muy dañino,
que si no se le controla puede provocar muchos destrozos", he
oído en infinidad de ocasiones por boca de escopeteros
convencidos del carácter benefactor de su gusto por el
gatillo. Pues bien, allí, este argumento no funciona. En ese
paraje de idílica belleza -que en nada debe envidiar a otros
paisajes agrestes del norte- se caza, por consiguiente, sólo
por "deporte".
Imaginen
el espectáculo de ver repartirse por esos salvajes montes el
contenido de unos 40 todo-terrenos entre caminos y oteaderos; puestos
que, al decir de los encargados de la guardería, habían
sido subastados y vendidos al mejor postor. En ellos, y hasta el alto
que separa la zona de influencia de Sella de la de Finestrat,
pertrechados de escopeta cargada, dispuestos a disparar a todo jabalí
que respire debajo del risco al que están encaramados, 60
deportistas. Cualquier visitante despistado intentaría huir de
allí con la mayor brevedad, cosa que sólo conseguiría
en caso de alcanzar el último puesto de acecho y preguntar al
deportista:
-
Perdone, ¿es éste el último oteadero?
-
¿El último lo qué?
Informado
por la guardería (dos mocitos sonrientes que esperaban a la
puerta del coto el buen término de todo aquello), pude
enterarme de que la única restricción que impone la ley
es que no se abatan hembras con crías. Yo me pregunté
que cómo podría aquel señor del último
oteadero respetar tal precepto, tan alterado como estaba por la
posibilidad de avistar un jabalí. Pero, ¿y las demás
especies que pueblan los montes, cuya caza está
terminantemente prohibida por la ley? ¿Podemos estar seguros
de que esos cazadores reconocen perfectamente las diferencias entre
una presa legal y una especie protegida? En algunas Comunidades ya se
practica un examen de caza para otorgar licencias. No sé si el
amor por la naturaleza de esos señores con los que me encontré
en el barranco de Arch se traduce en el célebre adagio "Bicho
que vuela, a la cazuela", pero está claro que hay que
educar a nuestros cazadores para limitar su peligrosidad. O permitir
que sólo cacen aquellos que reúnan una serie de
condiciones; que hayan, por ejemplo, seguido una cierta formación.
La
Administración, personificada en los guardas forestales
presentes en la apertura y clausura de toda batida, acepta ciertos
disparos inocentes como daños colaterales al propio ejercicio
de la caza; como algo inevitable, siempre mejor a que un cazador
reciba la perdigonada de un compañero de partida.
En
mi opinión, el problema reside más bien en ese peinar
con los perros la zona para sacar de ella todo lo que se mueva y
pegarle cuatro tiros. Reside en esa actitud de indefensión en
que se sume al pobre animal, que huye despavorido para colonizar tal
vez otra zonas menos generosas para con su insaciables dientes. Esa
apropiación indiscriminada de los recursos de un paraje, caiga
quien caiga, que no hace sino subrayar la ausencia de respeto que el
Hombre siente hacia el medio.
Leo
hoy en los diarios que unos cuantos aficionados a la caza del zorro
han plantado sus tiendas delante del Parlamento de Londres, a modo de
protesta, contra la posibilidad de que esta práctica
desparezca de la lista de los deportes legales. Un deporte
consistente en acorralar al indefenso raposo, quien muere entre las
fauces del perro más fiero. Dudoso reparto de fuerzas entre el
Hombre y su contrincante. Dudoso honor el del dueño de los
perros al mostrar su trofeo ante los amigotes del pub. Extraño
temblor de lo más profundo del interior del cazador que se
siente en comunión con ese Homo erectus
del principio de la humanidad.
El
ejercicio de la caza podría antojársenos entonces como
un atavismo del Hombre de las Cavernas, traducido en la perpetuación
de los roles de género en la sociedad. Así, el cazador
macho es capaz de asegurarse de que aún posee algunas de esas
características que le sitúan a un lado o a otro de la
manada. La caza podría entenderse entonces como una extensión
de la virilidad; o incluso como una sustitución de lo que
conforma normalmente a un hombre. No es más viril el hombre
que necesita demostrar constantemente su virilidad: en el fondo de
esta demostración se halla una carencia inconfesable, una
inseguridad.
Así
las cosas, pongamos que la caza sea patrimonio de los ejemplares
masculinos de nuestra especie. Pongamos también que su
ejercicio forme parte de los ritos de paso de la niñez a la
adolescencia y a la vida adulta. En ese caso, habría que
educar hombres acostumbrándolos a convivir con la crueldad
(entendiendo ésta como la insensibilidad ante el sufrimiento
provocado en el vecino). Y no es ése precisamente el mundo que
deseamos para nuestros descendientes, creo poder imaginar.
Deberíamos
prohibir de una vez por todas la caza llamada deportiva, resto de
primitivismo, residuo de oscuro expolio del mundo que nos rodea.
Mientras los ciudadanos de este Estado sigamos regocijándonos
en torno a la muerte de un animal (ya sea éste muerto a
escopeta, a muleta y espada, o lanzado por un camapanario abajo), no
creo que podamos considerarnos liberados de un incómodo
primitivismo.
Francisco
Domínguez González
(Colaborador
de Ecologistas en Acción
y
profesor en la Universidad de Alicante)
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