La
elipsis, figura retôrica, consiste en eludir precisamente
aquello a lo que se alude. El paso de lo explîcito a lo
implîcito. Parece que, en numerosas ocasiones, logramos
significar mâs con lo que callamos que con lo que realmente
decimos: dotamos asî de un poder mîstico y simbôlico
a lo eludido, a lo aludido ocultândolo.
Las
banderas son elipsis de algo que ya no hace falta enunciar, por
archisabido e innecesario. A no ser que hagan referencia explîcita
a hechos veraces que definan el concepto aludido. Ya nadie se
pregunta por el significado simbôlico de las cuatro barras
rojas sobre fondo amarillo. £Fue realmente Wifredo el Velloso
quien solicitô que su bandera fuese el dibujo de sus dedos
mojados en su pecho moribundo sobre la arena amarilla del
Mediterrâneo? Un héroe de leyenda, en cuyas heroicidades
de tebeo la Corona de Aragôn fundô su carâcter
mîtico. El pasado irrecuperable. La gloria perdida. El olvido.
Pero, £de qué, de un hecho fundador cuya veracidad es
indemostrable?
Alguien
escribiô que la ûnica patria del Hombre es su infancia.
Bonito. Jon Juaristi, en su explicaciôn del proceso formador de
nacionalismos, utiliza un sîmil de psicologîa evolutiva.
El adolescente siente que ha perdido algo, sin saber muy bien el qué.
Sôlo cuando alcanza el estado adulto, su melancolîa
-sentimiento de pérdida inefable- se convierte en luto, pues
ya sabe en qué consiste esa pérdida: la ni&ez, la
edad de oro del Hombre. Las banderas, como sîbolos, como
elipsis de un contenido profundo, sôlo contribuyen a perpetuar
en el individuo su estado melancôlico, de caôtica
definiciôn personal. Es asî mâs facil manipularle,
torearle con el trapo sangrante de la naciôn.
£Qué
hemos perdido los aragoneses? Un imperio que se extendîa por el
Mediterrâneo. Historia pasada. Las banderas al viento, £exigen
el retorno de ese pasado? No creo. Tan sôlo expresan un orgullo
herido, un orgullo identitario que hay que recuperar. Una identidad,
£que significa qué? El abanderado no sabe muy bien lo
que reivindica, por consiguiente, al enarbolar un sîmbolo vacîo
de contenido. Sabe que ha perdido algo, pero no sabe el qué.
De ahî que su presencia en los actos simbôlicos necesite
ser visible y teatral: sôlo la insistencia lograrâ dotar
de un contenido a tanto esfuerzo. Pero, £qué contenido?
El
pasado domingo 21 hubo reivindicaciones a ambos lados del Somport. Se
exigîa la reapertura del eje ferroviario Zaragoza-Canfranc-Pau.
Un acto de la sociedad civil, que reivindicaba el progreso y el fin
del aislamiento. Un acto coronado por la chusca presencia de
abanderados del nacionalismo aragonés: recreadores del mito
del capitân trueno baturro; creyentes en la fe de las barras
sobre fondo gualdo; soldados de la identidad simbôlica. El
sentimiento, la religiôn, el ejército. Dios, patria y
rey. Del mito, nacionalista, forjador de identidades e uniformizador
de criterios de comprensiôn de la existencia, £cuândo
pasaremos al logos?
£Habrâ
un dîa en que todos al levantar la vista veremos una tierra que
ponga "identidad"? Para entonces la segregaciôn del
origen, la distinciôn de los apellidos, los emblemas de la
bandera y de la lengua. Asî se construyen los nacionalismos.
Personalmente, como individuo, persona y ciudadano, preferirîa
que la canciôn nunca hablase de identidad. Y sî de
libertad. Libertad para pasearme por mi paîs sin que ningûn
forjador de identidad venga a fastidiarme la protesta, la queja o la
fiesta. Libertad para vestirme con los colores que me dé la
gana y expresarme con las palabras que quiera. Pues en este valle de
lâgrimas, "todos somos extranjeros".
Abajo
todas las banderas del mundo. El orgullo de sentirse un colectivo ha
de venir del orgullo de sentirse un mero individuo. El resto,
manipulaciôn.
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