miércoles, 25 de junio de 2014

38. ALGUIEN VA A VENIR, de Jon Fosse (compañía Embocadura S.L., CCMatdero, Huesca, 13/09/2002

Alguien va a venir, de Jon Fosse. Embocadura S.L.. Intérpretes Elena Gómez, Javier Anós, Pedro Beitia. Direción: Mariano Anós. Centro Cultural del Matadero. 13 de septiembre de 2002. 5 €.

Sinopsis argumental
La obra es sobria, así como la escenografía, como cabía esperar de una pieza en la que sólo participan tres personajes en un único lugar. Él y Ella han comprado una casa aislada cerca del mar, con el fin de estar por fin solos y separados del mundo exterior. El tiempo es agradable y la pareja se pasea por los contornos del edificio, hasta que Ella percibe una presencia por venir, una ausencia cercana. Él deja la escena por un instante, momento que aprovecha el Hombre para entrar en acción y sorprender a Ella observando el mar. Entre ellos dos se establece un sensual encuentro hecho de acercamientos, de roces y de susurros, abortado por Él a la vuelta de su infructuosa búsqueda del extraño. Este se presenta a sí mismo, ante el marasmo en que se ha quedado postrada Ella, siendo acogido con excesiva y fingida simpatía por Él. Ella recoge su chaqueta y se viste de nuevo tras recuperar el aliento.
El propósito del Hombre es mostrarles la casa si así lo desean, puesto que la conoce como la palma de su mano al haber vivido en ella su padre y su abuela. Aunque prefiere dejar a los nuevos dueños familiarizarse con su nueva vivienda, prometiendo volver más tarde.
Entre la pareja se establece un extraño y rebarbativo diálogo trufado de observaciones celosas y de reproches de Él hacia Ella y su gusto por los hombres. Él le espeta que jamás Ella sabrá respetar el pacto de vivir solos y juntos para siempre, lejos de los demás, puesto que siempre busca y encuentra a alguien que complete su soledad. Entran por fin en la casa, lugar de promisión para su ansiada soledad y, de nuevo, sienten la presencia exterior del Hombre, quien les acecha y espía.
Ella intenta zafarse de su amenaza iniciando un acercamiento sexual a Él, quien se siente atenazado por la presencia del Hombre. Ella le increpa para que salga y se deshaga él mismo del otro, de lo que Él se siente incapaz. Se inhibe del asunto, lo deja en manos de su compañera y se echa a dormir en un rincón.
Ella abre por fin la puerta al intruso, quien entra en la cocina con una botella para darles le bienvenida. Ella accede, y entre los dos conforman un diálogo en el que la mujer no rechaza las proposiciones de futuro que le hace el Hombre. Ante esta no-negativa, el galán parece darse por satisfecho y vuelve a salir de la casa, sin haber siquiera abierto la botella que traía.
La mujer vuelve al rincón donde dormía Él, a quien intenta consolar con sus encantos. Este los rechaza, y se muestra de lo más inquieto por estar solos y juntos en ese espacio cerrado. Salen al aire libre, momento en que cae el telón.

Lectura personal (de corte freudiano)
El argumento provoca una gran incertidumbre en el espectador, en lo que no tiene responsabilidad menor la excelente música compuesta por José Luis Romeo: inquietante, acompaña aquellos momentos en que el dramatismo se hace más patente. La historia, si bien yo la he desgranado en todos aquellos pequeños episodios que la jalonaban, es más bien escueta, y no aporta demasiados indicios sobre su significado. Digamos que la obra no muestra una dinámica tradicional de presentación, nudo y desenlace, por lo que el espectador cree no estar asistiendo a una historia: esa fue una opinión mayoritariamente sentida y recogida por el que suscribe estas líneas.
Sin embargo, cabe hacer alguna consideración sobre el contenido latente de la pieza, que sólo con una visión de sonda, puede entresacarse de entre el sencillo contenido manifiesto del texto puesto en escena.
Alguien va a venir representa un conflicto edípico, vivido por los tres personajes básicos de todo drama familiar primitivo: Ella y Él -que simbolizan a la madre y al hijo-, y el Hombre -que representa al padre, ausente de la vida familiar o de la estrecha relación que siempre mantiene todo hijo con su madre-. De ahí que este Hombre aparezca como una amenaza para la felicidad de Él y Ella; una felicidad primitiva y básica, únicamente basada en un intercambio de promesas de amor y de exclusividad. Sin embargo, el Hombre aparece y reclama sus derechos sobre la madre, sobre la mujer, sobre Ella. Es en la casa de los ancestros del Hombre donde va a instalarse la familia incestuosa, lo cual no hace sino otorgarle mayores derechos a disfrutar sexualmente de su mujer.
El hijo, Él, ajeno a esta relación que se le escapa, no reconoce en el Hombre a su padre, sino a un hombre desconocido que, por razones que no alcanza a explicarse, atrae poderosamente a su madre-amante. Ante esa extraña presencia (que podríamos decir que es la presencia de una ausencia), Él reacciona negativamente incluso ante el estímulo sexual que le aporta Ella, la madre. Siente por ello una doble amenaza castradora: la de la madre que se va a apoderar, mediante el acto sexual, de su pene (pues ella está castrada) y la de su padre, quien le va a invalidar para el acto sexual poseyendo a su madre. Cabe recordar que la figura del padre, para el psicoanálisis, cumple la función de mediador, puesto que es quien separa a la madre del hijo.
Y todo esto ocurre en el interior de la casa. Desde el momento en que cruza la puerta, Él se siente azorado, tenso, temeroso de que se cumpla el acto sexual incestuoso, puesto que se trata del lugar femenino por excelencia: el mismo seno materno El Hombre -el padre- acecha, y Él se inhibe y deja que sea Ella quien decida. Ella accede y el Hombre 'vuelve' a entrar en la casa, en el espacio femenino, con una botella de divertido licor, para celebrar una nueva fiesta báquica. Prueba de ello son sus peculiares intervenciones en el diálogo, salpimentadas aquí y allá con pantomimas y saltos de timbre: la danza de un fauno, de un sátiro. Su lenguaje, además, se tiñe de las peculiaridades fonéticas de la identidad femenina de la casa: su discurso se puebla de Aes por momentos, enfatizando este hecho el buen trabajo de Pedro Beitia: la cAsA es bArAtA o cArA, etcétera.
Así, Alguien va a venir no deja de ser sino la representación metafórica del fin del amor idílico del hijo por su madre. Allí donde estuviera, el padre se halla a años-luz de la estrecha relación sensual que se establece entre una madre y su hijo. Aceptar, por parte del niño, le existencia del padre, significa aprender la imposibilidad de la unión con Ella. De ahí que Él sólo se serene en ese espacio universal, ese No man's land que es el espacio exterior de la casa, del dormitorio conyugal, de la madre. O de la abuela -como lo refleja la importancia que se da a una fotografía colgada de una pared-, que representa la eterna vigencia, de generación en generación, del complejo edípico (esta vez entre ella y el padre del Hombre).

Obra, pues, simbólica y cargada de connotaciones sexuales latentes.

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