Alguien
va a venir, de Jon
Fosse. Embocadura S.L.. Intérpretes Elena Gómez, Javier
Anós, Pedro Beitia. Direción: Mariano Anós.
Centro Cultural del Matadero. 13 de septiembre de 2002. 5 €.
Sinopsis
argumental
La
obra es sobria, así como la escenografía, como cabía
esperar de una pieza en la que sólo participan tres personajes
en un único lugar. Él y Ella han comprado una casa
aislada cerca del mar, con el fin de estar por fin solos y separados
del mundo exterior. El tiempo es agradable y la pareja se pasea por
los contornos del edificio, hasta que Ella percibe una presencia por
venir, una ausencia cercana. Él deja la escena por un
instante, momento que aprovecha el Hombre para entrar en acción
y sorprender a Ella observando el mar. Entre ellos dos se establece
un sensual encuentro hecho de acercamientos, de roces y de susurros,
abortado por Él a la vuelta de su infructuosa búsqueda
del extraño. Este se presenta a sí mismo, ante el
marasmo en que se ha quedado postrada Ella, siendo acogido con
excesiva y fingida simpatía por Él. Ella recoge su
chaqueta y se viste de nuevo tras recuperar el aliento.
El
propósito del Hombre es mostrarles la casa si así lo
desean, puesto que la conoce como la palma de su mano al haber vivido
en ella su padre y su abuela. Aunque prefiere dejar a los nuevos
dueños familiarizarse con su nueva vivienda, prometiendo
volver más tarde.
Entre
la pareja se establece un extraño y rebarbativo diálogo
trufado de observaciones celosas y de reproches de Él hacia
Ella y su gusto por los hombres. Él le espeta que jamás
Ella sabrá respetar el pacto de vivir solos y juntos para
siempre, lejos de los demás, puesto que siempre busca y
encuentra a alguien que complete su soledad. Entran por fin en la
casa, lugar de promisión para su ansiada soledad y, de nuevo,
sienten la presencia exterior del Hombre, quien les acecha y espía.
Ella
intenta zafarse de su amenaza iniciando un acercamiento sexual a Él,
quien se siente atenazado por la presencia del Hombre. Ella le
increpa para que salga y se deshaga él mismo del otro, de lo
que Él se siente incapaz. Se inhibe del asunto, lo deja en
manos de su compañera y se echa a dormir en un rincón.
Ella
abre por fin la puerta al intruso, quien entra en la cocina con una
botella para darles le bienvenida. Ella accede, y entre los dos
conforman un diálogo en el que la mujer no rechaza las
proposiciones de futuro que le hace el Hombre. Ante esta no-negativa,
el galán parece darse por satisfecho y vuelve a salir de la
casa, sin haber siquiera abierto la botella que traía.
La
mujer vuelve al rincón donde dormía Él, a quien
intenta consolar con sus encantos. Este los rechaza, y se muestra de
lo más inquieto por estar solos y juntos en ese espacio
cerrado. Salen al aire libre, momento en que cae el telón.
Lectura
personal (de corte freudiano)
El
argumento provoca una gran incertidumbre en el espectador, en lo que
no tiene responsabilidad menor la excelente música compuesta
por José Luis Romeo: inquietante, acompaña aquellos
momentos en que el dramatismo se hace más patente. La
historia, si bien yo la he desgranado en todos aquellos pequeños
episodios que la jalonaban, es más bien escueta, y no aporta
demasiados indicios sobre su significado. Digamos que la obra no
muestra una dinámica tradicional de presentación, nudo
y desenlace, por lo que el espectador cree no estar asistiendo a una
historia: esa fue una opinión mayoritariamente sentida y
recogida por el que suscribe estas líneas.
Sin
embargo, cabe hacer alguna consideración sobre el contenido
latente de la pieza, que sólo con una visión de sonda,
puede entresacarse de entre el sencillo contenido manifiesto del
texto puesto en escena.
Alguien
va a venir
representa un
conflicto edípico, vivido por los tres personajes básicos
de todo drama familiar primitivo: Ella y Él -que simbolizan a
la madre y al hijo-, y el Hombre -que representa al padre, ausente de
la vida familiar o de la estrecha relación que siempre
mantiene todo hijo con su madre-. De ahí que este Hombre
aparezca como una amenaza para la felicidad de Él y Ella; una
felicidad primitiva y básica, únicamente basada en un
intercambio de promesas de amor y de exclusividad. Sin embargo, el
Hombre aparece y reclama sus derechos sobre la madre, sobre la mujer,
sobre Ella. Es en la casa de los ancestros del Hombre donde va a
instalarse la familia incestuosa, lo cual no hace sino otorgarle
mayores derechos a disfrutar sexualmente de su mujer.
El
hijo, Él, ajeno a esta relación que se le escapa, no
reconoce en el Hombre a su padre, sino a un hombre desconocido que,
por razones que no alcanza a explicarse, atrae poderosamente a su
madre-amante. Ante esa extraña presencia (que podríamos
decir que es la presencia de una ausencia), Él reacciona
negativamente incluso ante el estímulo sexual que le aporta
Ella, la madre. Siente por ello una doble amenaza castradora: la de
la madre que se va a apoderar, mediante el acto sexual, de su pene
(pues ella está castrada) y la de su padre, quien le va a
invalidar para el acto sexual poseyendo a su madre. Cabe recordar que
la figura del padre, para el psicoanálisis, cumple la función
de mediador, puesto que es quien separa a la madre del hijo.
Y todo
esto ocurre en el interior de la casa. Desde el momento en que cruza
la puerta, Él se siente azorado, tenso, temeroso de que se
cumpla el acto sexual incestuoso, puesto que se trata del lugar
femenino por excelencia: el mismo seno materno El Hombre -el padre-
acecha, y Él se inhibe y deja que sea Ella quien decida. Ella
accede y el Hombre 'vuelve' a entrar en la casa, en el espacio
femenino, con una botella de divertido licor, para celebrar una nueva
fiesta báquica. Prueba de ello son sus peculiares
intervenciones en el diálogo, salpimentadas aquí y allá
con pantomimas y saltos de timbre: la danza de un fauno, de un
sátiro. Su lenguaje, además, se tiñe de las
peculiaridades fonéticas de la identidad femenina de la casa:
su discurso se puebla de Aes por momentos, enfatizando este hecho el
buen trabajo de Pedro Beitia: la cAsA es bArAtA o cArA, etcétera.
Así,
Alguien va a venir
no deja de ser sino la representación metafórica del
fin del amor idílico del hijo por su madre. Allí donde
estuviera, el padre se halla a años-luz de la estrecha
relación sensual que se establece entre una madre y su hijo.
Aceptar, por parte del niño, le existencia del padre,
significa aprender la imposibilidad de la unión con Ella. De
ahí que Él sólo se serene en ese espacio
universal, ese No
man's land que es
el espacio exterior de la casa, del dormitorio conyugal, de la madre.
O de la abuela -como lo refleja la importancia que se da a una
fotografía colgada de una pared-, que representa la eterna
vigencia, de generación en generación, del complejo
edípico (esta vez entre ella y el padre del Hombre).
Obra,
pues, simbólica y cargada de connotaciones sexuales latentes.
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