Boredom
is counter-revolutionnary, always,
de Roddy Hunter
(Periferias
2002. Territorio Performance. Centro Cultural del Matadero. Sábado
2 de noviembre. Entrada libre.)
Una
lectura de la intervención
"El
aburrimiento es contra-revolucionario", viene a decirnos el
performer británico
Roddy Hunter durante el comienzo y el fin de su intervención,
mientras recorre frenética e inagotablemente al perímetro
interior de la sala. En ella se hallan dispuestos varios objetos: una
mesa en la que, sobre un mantel hecho de una tela blanca y otra
negra, reposa un infiernillo en el que se calienta una cacerola
transaparente llena de agua; dos larguísimos metros abiertos
en el suelo, de los utilizados por topógrafos y trabajadores
de la construcción; dos amplificadores de gran potencia al
lado de los cuales penden sendros micrófonos que provocarán
un hiriente acople nada más activar aquellos. Y eso es todo.
Al
cabo de un cierto tiempo de su frenético deambular, el
Sr.Hunter se acerca a uno de los extremos de la sala para apoderarse
de las mesas en las que se había sentado parte de público.
Este, exiliado primero de su cómoda situación, ordenada
y limpia, debe repartirse por el escenario, pues Hunter utiliza las
mesas para pergeñar una irregular construcción en el
centro de la sala. Algunas de ellas basculan, otras necesitan un
apoyo suplementario para conseguir el necesario equilibrio. Una vez
completada esta extraña construcción, Hunter continúa
su metódico deambular, al tiempo que se va despojando de su
chaqueta y camisa, que deposita encima del irregular talabarte, así
como las telas de encima de la mesa.
¿Es
esta una alegoría del urbanismo inhumano, que desaloja a los
ciudadanos en aras de la originalidad conceptual? ¿Es esta una
metáfora del abandono de la vida humana de los centros de las
grandes metrópolis occidentales, ávidas de signos
distintivos que las particularicen? ¿Es una denuncia de las
inhumanas condiciones de vida en esos centros, asolados por el ruido
(ese maldito acople de los amplificadores, que aturde al espectador)?
Es probable, ya que el performer
se ha detenido tras la mesa donde ya hierve el agua sobre el
infiernillo, ha recuperado su camisa de la que tan sólo ha
pasado una de las mangas -dejando al decubierto una serie de vendas y
esparadrapos sobre el torso desnudo, y, mientras introduce la manga
vacía en el agua, lee las páginas del diccionario las
palabras que comienzan por la letra "U", enfatizando en su
declamación los términos "urbanismo" y
"utopía".
El
agua hierve, Hunter tan pronto introduce en la cacerola la manga como
la punta de los dedos: lo crudo y lo cocido, lo humano y lo
civilizado, naturaleza y cultura. Decubre su herido torso repleto de
vendas, que va introduciendo una a una en el agua burbujeante: el
sacrificio de las heridas en el altar de la cultura, en aras de la
civilización: más vale olvidar al dolor inflijido y
cedérselo a esa agua que todo baña, que todo limpia,
que todo depura.
El
performer abandona su curioso altar, se tiende en el suelo delante de
la mesa, se tapa la cabeza alternativamente con la tela negra y la
blanca, y posa el pequeño diccionario -ese conjunto de
palabras con cuyo ensamblaje ordenado se construye la comunicación
verbal- sobre su pecho: ceremonia, ritual, trascendencia de lo
expuesto.
Tras
este rito, Hunter se levanta y se hace con los dos largos metros
extendidos en el suelo, que agita con ambos brazos a modo de látigos
-un clásico de las performances,
como revelaría el coordinador, Valentín Torrens-. El
patrón de la medida humana que corta el aire, que
peligrosamente lo sesga, que incluso provoca heridas en las manos. El
metro de la civilización que, son su fundamento racional,
pretende unificar la vida del Hombre, sometiéndola a su
metódica dictadura.
La
calma llega. El sacerdote de esta ceremonia de la confusión se
deshace de sus aperos culturales. Vuelve a vestir su camisa y a
recorrer nervioso la sala, esta vez mrmurando en claro español
"lloro la muerte de Erak", que alterna con el título
de su intervención, Boredom
is counter-revolutionnary. Always.
El espectáculo se acaba. Aplausos. 30 minutos de reflexión,
de estrujamiento de meninges, de búsqueda de sentido a una
acción visual. No vale aburrirse en este juego, ya que dejar
de plantearse incógnitas y ámbitos de contestación
significa la contra-revolución, el fin de la utopía.
Siempre.
Para
la segunda parte de la sesión estaba prevista la intervención
del performer polaco Pawel Kwasniewski: la mala fortuna quiso que
este señor tuviera que reposar sus excesos alcohólicos
(Torrens dixit) en un hospital de Barcelona. Lo curioso fue que el
público parecía saberlo, pues nadie esperó a que
se produjera su actuación, aun a pesar de no haber sido
advertido de su ausencia. ¿Huida despavorida?
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