Políticos
y caciques
Melilla
y Ceuta; Marbella y Estepona; finalmente Sanlúcar de
Barrameda. Lugares en que la política ha vuelto ha ser
entendida como negocio, como distribuidora privada del dinero
público. El estigma del sur: el caciquismo. Ya parece que
diciendo esto nos curemos en salud. "El infierno son los otros",
hizo decir Sartre a uno de sus personajes.
Pues
en ese tipo de infiernos, el norte también existe. No es
endémico del sur puesto que la incultura democrática de
este país nos lleva a todos a considerar la política
como asunto ajeno. "No, si es que a mí, la política
no me interesa." Y la dejamos en manos de esos pocos que hacen y
deshacen como les viene en gana.
Ese
tipo de infiernos existe en el alcalde que, una vez elegido,
convierte la alcaldía en una extensión de su empresa.
Consigue crear una trama de intereses a su alrededor, para que en
todo asunto municipal él tenga oficio y beneficio.
También
existe en el presidente de Comunidad que, tras años y años
de permanencia en el poder, no se puede librar del clientelismo que
ha establecido. Esto le empuja a reducir la transparencia a su mínima
expresión. De esto nos podrían hablar nuestros vecinos
catalanes.
O,
peor todavía, en el caso de que gobierno y aparato del partido
se confundan, para así extender los beneficios de la res
publica a todo aquel que tenga carnet o amigo
de afiliado. Como en los tiempos más oscuros de la Unión
Soviética. Como en León, donde el PP ha ofrecido
grandes sumas de dinero en infraestructuras, dinero proveniente de
las arcas del Estado, si la alcaldía le era cedida.
Tres
casos que demuestran que el fin de toda actividad política es
lucrativo. ¿Pues no es en la aprobación de los
presupuestos del Estado cuando se comprueba la fidelidad de los
pactos parlamentarios? Tres escandalosos casos de despotismo, en los
que el pueblo es tratado como un rebaño de borregos:
discapacitado para pronunciarse, impotente para protestar.
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