"Eres más
feo que pegarle a un padre con un calcetín sudado".
Recuerdo la primera vez que oí tal despropósito: en los
lavabos del colegio Juan XXIII.. La visualización de la escena
se acompaña siempre del impacto ruidoso de una prenda interior
en el espejo, con alevosía gamberra, por el rechazo a lavarnos
las manos en el agua gélida de la escuela de soldados que era
aquel centro. Jugábamos a lanzar con una goma, a los muslos
minifalderos de las colegialas, tiras de papel comprimido y mojado,
luego congelado por la intemperie del patio de recreo, recibido por
las niñas con estrépito de añicos.
El mismo golpe
que el que reciben las narices de aquel que entra en una habitación
de deportistas en chill-out, descalzados y resollantes. "¡Aquí
huele a humanidad que apesta!" Olor a pie y a calcetín
hervido en sudor. Más que a humanidad, diríase que es a
animal desbocado a lo que huele. Pero en pocas expresiones se
vislumbra tan claro el rechazo de lo terrenal, de lo humano entendido
como cuerpo carente de alma. Visión profana y pagana del
hecho mismo de la vida. Profanación del concepto metafísico.
Pulsión de muerte freudiana en el olor corporal: tan fuerte
puede llegar a ser a veces la sensación de podredumbre que nos
comunican algunos pies.
"Pies,
¿para qué os quiero?" Para el traslado a través
de su puesta "en polvorosa". "These boots are made
for walking", estas botas se hicieron para caminar, cantaría
Nancy Sinatra. Sentido únicamente práctico y cinético
del pie, pedestre, de a pie, como el ciudadano que todos llevamos a
cuestas cuando las encuestas hablan de nosotros en los periódicos
y telediarios.
Hay otros
ciudadanos que contemplan el pie con actitud marginal. Los
fetichistas de a pie de este mundo se desplazan en limusina a los
centros de sexo donde puedan lamer y relamer, chupar y rechupar los
dedos y la planta de los pies de una bella y lavada señorita.
Vayan a ver los anuncios por palabras, sección contactos, de
los periódicos de las grandes ciudades. Verdadero poemario de
la soledad urbana, exacerbación de la búsqueda del
placer. "Hombre maduro y pudiente desearía lamer y adorar
pies de jóvenes diosas." La Vanguardia de Barcelona. Y
como éste los hay a decenas, botellas lanzadas al mar inmenso.
Tal vez el amor
empiece allí, donde termina el más alto concepto de
humanidad: en los olores, en los rasgos de animalidad, feromonas que
los hábitos higiénicos han hecho desaparecer. La locura
del amor, el Amour Fou que los surrealistas quisieron
convertir en base de la revolución que habría de
cambiar al mundo, representada fielmente por Buñuel en "La
Edad de Oro": la sumisión al amor como motor de la
historia, la actriz besa los pies de la estatua en el jardín
ante la inminente llegada del amante, a quien lame el muñón
de los dedos.
Intento casar a
Juan Bonilla con Manolo García: "Mi patria es el cuerpo
de Patricia", dice el uno; "Mi patria en mis zapatos",
canta el otro. Cuando un poeta de éxito se atreva a declamar
"mi patria son tus zapatos, tus calcetines y tus medias",
'pegarle a un padre con un calcetín sudado' ya no será
un feo, sino un acto tan poético como la petición del
Marqués de Bradomín a Concha, en la Sonata de Otoño:
latígame como a un nazareno con tus trenzas de ébano:
el objeto de su amor.
Un poeta aseguraba que había
que reinventar el amor. ¿Por dónde empezamos?
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