miércoles, 25 de junio de 2014

27B. CONTRAPORTADA CON CULEBRA

El fotógrafo y el redactor, en su búsqueda inagotable de la noticia insólita y de la anécdota salerosa, son verdaderos adalides de la paseología. Sería esta una ciencia cuyo único fin sería el estudio de esa realidad flotante, discontinua, imprevisible e inasible que es la masa de ciudadanos en su deambular en la ciudad, haciendo de la calle su laboratorio, su centro de experimentos. Arma científica que reivindica para la moderna antropología Manuel Delgado, autor de El Animal público.
En su deambular, pues, esperan el fotógrafo y el redactor agarrar la realidad por los cuernos, y crear a partir de la nada sabrosos reportajes. Un célebre axioma del periodismo moderno: "que la realidad no te estropee una buena noticia". O, para recalentar la máxima en el fuego del marxismo (de Groucho): "a partir de la nada alcanzar las más altas cotas de la miseria".
Todo esto viene al caso de una contraportada que se rellenó con la fotografía de una culebra "encontrada" muerta en un solar de las Mártires. Los intrépidos fotógrafo y reportero de calle de un diario local (la competencia), en sus paseos por la procelosa Huesca, glosaron la muerte del ofidio con estival despreocupación.
Que lo importante del caso, lo que lo elevaba a la dimensión de lo noticiable, fuera saber si la culebra era o no venenosa, me parece una solemne ligereza cuando la bicha ha sido expulsada al otro barrio a pedrada limpia. No puedo evitar recordar lo que se decía en tiempos pretéritos de la Guardia Civil, que, en su arriesgado afán de hacer cumplir la ley, disparaba primero y preguntaba después. Pero el caso no sea tal vez comparable, puesto que se trata de un animal en este que nos ocupa; animal que la ignorancia cubre de una secular aura de peligro.
Los ofidios, sean venenosos o no, son extremadamente retraídos. Su primera reacción ante el peligro es la huida. Sólo atacan en casos de desesperada defensa, cuando, acorralados, se ven en la imposibilidad de utilizar su más preciada arma: escapar. (Como los gatos, y hacemos de ellos animales de compañía.) De entre los ofidios peninsulares, tan sólo la víbora (2 especies) dispone de veneno suficientemente potente como para preocuparnos. El resto de culebras, o no tiene veneno, o, si lo tiene, sólo se inocula a través de los últimos dientes: allá donde el ángulo de abertura de la boca no es suficientemente grande como para que quepa siquiera un dedo humano. Por otra parte la escasa longitud de los dientes les impide penetrar a fondo en los tejidos.
La malograda culebra de la foto debe de ser una Culebra bastarda (Malpolon monspessulanus). De hábitos diurnos, suele alcanzar el metro y medio de longitud, no siendo raros los ejemplares que alcanzan los dos y medio. Su dieta hace de ella una eficaz raticida, predando incluso sobre víboras.
Este episodio de ensañamiento gratuito (sea por ignorancia o no), nos transporta al periodismo local de hace 25 y 50 años, en que la caza de un oso o de un lobo cobraba tintes de hazaña. Nos retrotrae al tristemente célebre "control de alimañas" que se practicó en todo el Estado español hasta no hace mucho. Hechos vergonzosos que sólo pueden atribuirse a una oscura y arcaica falta de información. Escalofriantes datos sobre el asunto nos proporciona el libro Fieras, rapiña y caza, historia de la fauna de Aragón, del naturalista holandés afincado en Huesca Kees Woutersen.
Hace unas semanas, Lázaro Carreter otorgaba a la prensa (ese "cuarto poder" capaz de poner y quitar reyes) el papel de motor de la modernización de un país a través de la renovación constante de la lengua. ¿Pese a que algunos medios se empeñen en devolvernos a la era de las cavernas, señor académico?


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