El
fotógrafo y el redactor, en su búsqueda inagotable de
la noticia insólita y de la anécdota salerosa, son
verdaderos adalides de la paseología. Sería esta una
ciencia cuyo único fin sería el estudio de esa realidad
flotante, discontinua, imprevisible e inasible que es la masa de
ciudadanos en su deambular en la ciudad, haciendo de la calle su
laboratorio, su centro de experimentos. Arma científica que
reivindica para la moderna antropología Manuel Delgado, autor
de El Animal público.
En
su deambular, pues, esperan el fotógrafo y el redactor agarrar
la realidad por los cuernos, y crear a partir de la nada sabrosos
reportajes. Un célebre axioma del periodismo moderno: "que
la realidad no te estropee una buena noticia". O, para
recalentar la máxima en el fuego del marxismo (de Groucho): "a
partir de la nada alcanzar las más altas cotas de la miseria".
Todo
esto viene al caso de una contraportada que se rellenó con la
fotografía de una culebra "encontrada" muerta en un
solar de las Mártires. Los intrépidos fotógrafo
y reportero de calle de un diario local (la competencia), en sus
paseos por la procelosa Huesca, glosaron la muerte del ofidio con
estival despreocupación.
Que
lo importante del caso, lo que lo elevaba a la dimensión de lo
noticiable, fuera saber si la culebra era o no venenosa, me parece
una solemne ligereza cuando la bicha ha sido expulsada al otro barrio
a pedrada limpia. No puedo evitar recordar lo que se decía en
tiempos pretéritos de la Guardia Civil, que, en su arriesgado
afán de hacer cumplir la ley, disparaba primero y preguntaba
después. Pero el caso no sea tal vez comparable, puesto que se
trata de un animal en este que nos ocupa; animal que la ignorancia
cubre de una secular aura de peligro.
Los
ofidios, sean venenosos o no, son extremadamente retraídos. Su
primera reacción ante el peligro es la huida. Sólo
atacan en casos de desesperada defensa, cuando, acorralados, se ven
en la imposibilidad de utilizar su más preciada arma: escapar.
(Como los gatos, y hacemos de ellos animales de compañía.) De entre los ofidios peninsulares, tan sólo la víbora
(2 especies) dispone de veneno suficientemente potente como para
preocuparnos. El resto de culebras, o no tiene veneno, o, si lo
tiene, sólo se inocula a través de los últimos
dientes: allá donde el ángulo de abertura de la boca no
es suficientemente grande como para que quepa siquiera un dedo
humano. Por otra parte la escasa longitud de los dientes les impide
penetrar a fondo en los tejidos.
La
malograda culebra de la foto debe de ser una Culebra bastarda
(Malpolon monspessulanus).
De hábitos diurnos, suele alcanzar el metro y medio de
longitud, no siendo raros los ejemplares que alcanzan los dos y
medio. Su dieta hace de ella una eficaz raticida, predando incluso
sobre víboras.
Este
episodio de ensañamiento gratuito (sea por ignorancia o no),
nos transporta al periodismo local de hace 25 y 50 años, en
que la caza de un oso o de un lobo cobraba tintes de hazaña.
Nos retrotrae al tristemente célebre "control de
alimañas" que se practicó en todo el Estado
español hasta no hace mucho. Hechos vergonzosos que sólo
pueden atribuirse a una oscura y arcaica falta de información.
Escalofriantes datos sobre el asunto nos proporciona el libro Fieras,
rapiña y caza, historia de la fauna de Aragón,
del naturalista holandés afincado en Huesca Kees Woutersen.
Hace
unas semanas, Lázaro Carreter otorgaba a la prensa (ese
"cuarto poder" capaz de poner y quitar reyes) el papel de
motor de la modernización de un país a través de
la renovación constante de la lengua. ¿Pese a que
algunos medios se empeñen en devolvernos a la era de las
cavernas, señor académico?
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