miércoles, 25 de junio de 2014

27A. LA ESTUFA HOLANDESA

Gran dilema: ¿es mejor apagar la calefacción por la noche o dejarla encendida? En la cama se pasa a veces frío. Un poquito más de calor nos vendría de perlas. Sin embargo, para los que somos un poco rácanos, existe la posibilidad de utilizar la así llamada "estufa holandesa": cuando la temperatura baja en la cama, no sé dónde se halla el regulador en nuestro cuerpo, pero siempre encuentra a tiempo un resto gaseoso de la digestión presto a ser despedido en cañonazo. Entonces, nuestro nocturno habitáculo de sábanas y mantas siente subir la temperatura, permitiendo que las condiciones de reposo sean mejores.
"¡No hay mejor estufa que una buena bufa!", rezaba el adagio tantas veces escuchado en frías acampadas pirenaicas, en misteriosas estadías en refugios de alta montaña. En el exterior, un cárabo aullaba cual veleta maléfica. Todos los acompañantes parecían encomendarse a sus santos más conocidos. Y un primer atrevido se pedía, detrás del cual otro, y otro, y otro. Y eso era una competición ya no de bufas, sino de pedos sonoros a cual más irreverente, a cual más salvaje. Era como un exorcismo, una liberación, en la que el grupo se sentía renacer a una nueva fraternidad. Tras las risas venia la calma. Y los cuerpos dormían plácidamente en el frío de la montaña.
Entre las parejas, el problema es otro. En las primeras citas con colofón, uno se levanta al día siguiente con el vientre hinchado. Y es difícil aliviarlo cuando el objeto amoroso está cerca: en estos pisos modernos se oye todo. Pero llega un momento en que se rompe el tabú para que se instale la confianza en la pareja. Como quien confesara un pecado, se suelta en el momento de apagar la luz: soy un pedorro. Y el amor acepta este inconveniente de la convivencia. Vienen entonces pedos y bufas a decorar las tranquilas noches de invierno, a festejar la llana convivencia con fatuos fuegos de artificio. Tal vez sea una prueba de amor aceptar las ventosidades del otro: en la salud y en la enfermedad.
Y es que hay algunos pedos que, de tan podridos, denotan muerte estomacal. Las legumbres traen gases ruidosos pero poco olorosos. La coliflor, por ejemplo, se expande con nocturnidad de manera nauseabunda. Aceptar a la pareja es permitirle solazarse en la cama con semejantes propósitos, capaces a veces de apagar la más ardiente llama amorosa. Y lo máximo, si ustedes me permiten, es llegar a conseguir que nuestra pareja aprecie nuestras bufas. Cuando sentimos que el gas envenenado ha invadido el tálamo, se debe airear el interior para que los efluvios lleguen a nuestras narices y a las de nuestra pareja. Entre risas o entre quejas surgirá el sentimiento de intimidad, la sensación de compartir cosas desconocidas para el resto del mundo.
Porque esto de olerse los vientos en la cama es más relevante de lo que pensamos. Un amigo mío, entendido en la materia, afirma que la humanidad se divide en dos tipos de personas: las que no se los huelen y las que sí se los huelen. La introducción de la propia cabeza en el calor de las sábanas, dice mi pedorro amigo, es determinante no sólo en la personalidad, sino también en la fisonomía. Vaya, que respirar tales gases con nocturna alevosía le pone a uno ya la cara como de otro color. Así, él afirma que Pujol se los huele, y seguro que la Duquesa de Alba también. Aznar y Almunia se limitan a sacarse las pelotillas de nariz y pies. Ana Botella, sin embargo, exhala alegres fragancias; para más inri, le huele el aliento. ¿Y tú, tú de quién eres?


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