Gran dilema: ¿es
mejor apagar la calefacción por la noche o dejarla encendida?
En la cama se pasa a veces frío. Un poquito más de
calor nos vendría de perlas. Sin embargo, para los que somos
un poco rácanos, existe la posibilidad de utilizar la así
llamada "estufa holandesa": cuando la temperatura baja en
la cama, no sé dónde se halla el regulador en nuestro
cuerpo, pero siempre encuentra a tiempo un resto gaseoso de la
digestión presto a ser despedido en cañonazo. Entonces,
nuestro nocturno habitáculo de sábanas y mantas siente
subir la temperatura, permitiendo que las condiciones de reposo sean
mejores.
"¡No
hay mejor estufa que una buena bufa!", rezaba el adagio tantas
veces escuchado en frías acampadas pirenaicas, en misteriosas
estadías en refugios de alta montaña. En el exterior,
un cárabo aullaba cual veleta maléfica. Todos los
acompañantes parecían encomendarse a sus santos más
conocidos. Y un primer atrevido se pedía, detrás del
cual otro, y otro, y otro. Y eso era una competición ya no de
bufas, sino de pedos sonoros a cual más irreverente, a cual
más salvaje. Era como un exorcismo, una liberación, en
la que el grupo se sentía renacer a una nueva fraternidad.
Tras las risas venia la calma. Y los cuerpos dormían
plácidamente en el frío de la montaña.
Entre las
parejas, el problema es otro. En las primeras citas con colofón,
uno se levanta al día siguiente con el vientre hinchado. Y es
difícil aliviarlo cuando el objeto amoroso está cerca:
en estos pisos modernos se oye todo. Pero llega un momento en que se
rompe el tabú para que se instale la confianza en la pareja.
Como quien confesara un pecado, se suelta en el momento de apagar la
luz: soy un pedorro. Y el amor acepta este inconveniente de la
convivencia. Vienen entonces pedos y bufas a decorar las tranquilas
noches de invierno, a festejar la llana convivencia con fatuos fuegos
de artificio. Tal vez sea una prueba de amor aceptar las ventosidades
del otro: en la salud y en la enfermedad.
Y es que hay
algunos pedos que, de tan podridos, denotan muerte estomacal. Las
legumbres traen gases ruidosos pero poco olorosos. La coliflor, por
ejemplo, se expande con nocturnidad de manera nauseabunda. Aceptar a
la pareja es permitirle solazarse en la cama con semejantes
propósitos, capaces a veces de apagar la más ardiente
llama amorosa. Y lo máximo, si ustedes me permiten, es llegar
a conseguir que nuestra pareja aprecie nuestras bufas. Cuando
sentimos que el gas envenenado ha invadido el tálamo, se debe
airear el interior para que los efluvios lleguen a nuestras narices y
a las de nuestra pareja. Entre risas o entre quejas surgirá el
sentimiento de intimidad, la sensación de compartir cosas
desconocidas para el resto del mundo.
Porque esto de
olerse los vientos en la cama es más relevante de lo que
pensamos. Un amigo mío, entendido en la materia, afirma que la
humanidad se divide en dos tipos de personas: las que no se los
huelen y las que sí se los huelen. La introducción de
la propia cabeza en el calor de las sábanas, dice mi pedorro
amigo, es determinante no sólo en la personalidad, sino
también en la fisonomía. Vaya, que respirar tales gases
con nocturna alevosía le pone a uno ya la cara como de otro
color. Así, él afirma que Pujol se los huele, y seguro
que la Duquesa de Alba también. Aznar y Almunia se limitan a
sacarse las pelotillas de nariz y pies. Ana Botella, sin embargo,
exhala alegres fragancias; para más inri, le huele el aliento.
¿Y tú, tú de quién eres?
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