En las ciudades
pequeñas, los colegios públicos son centros de
inmersión entre las clases sociales. En Huesca, por ejemplo,
es difícil imaginar una sola escuela que, por su situación,
eduque únicamente a los hijos de una determinada clase
socio-económica. A excepción hecha , tal vez, de la
escuela del Perpetuo Socorro: barrio donde la densidad de familias
obreras supera en mucho a los demás.
Así, el
Colegio Nacional Juan XXIII se halla en el cruce entre la Ciudad
Jardín, el Estrecho Quinto y el barrio de Santiago. No existen
en esas tres zonas grandes extremos en cuanto al nivel de renta.
Funcionarios de grado medio y sus acólitos, pequeña
burguesía comercial, trabajadores de la construcción.
Verdadero melting pot interclases. Lo que es altamente
constructivo para que el niño crezca en el pleno respeto a sus
compañeros, como niños individualmente considerados y
no como componentes abstractos de un grupo social. El niño de
extracción humilde comparte las vivencias del niño
rico; los padres de éste han considerado más liberal
llevarle a un colegio público en lugar de a un centro
religioso: la burguesía ilustrada ha sido muy frecuentemente
republicana y laica en este país.
En el C.N.Juan
XIII, entonces, los profesores tenían que vérselas con
alumnos de todo tipo. Sus métodos debían ser aplicables
a todo tipo de educación. O mejor dicho, todo padre debía
aceptar la manera en que su hijo estaba siendo educado. De esta
manera, los premios y castigos tenían que ser
democratizadores, aun contando con que un niño acostumbrado a
palizas descomunales en su casa no iba a encajar el castigo físico
del mismo modo que un niño criado entre los algodones de una
mamá novelera amante de los nocturnos de Chopin. La letra
necesita tal vez entrar con mayor derramamiento de sangre en unos
casos que en otros. No lo sé. Todo esto no son más que
conjeturas.
Lo único
cierto en todo esto es que los profesores de mi colegio confiaban
plenamente en este axioma. Quien más quien menos levantaba la
mano a los alumnos. Estos aceptaban sumisos, a sabiendas de que
luego, en el patio de recreo, se vengarían riéndose de
los maestros con sus motes y la imitación burlona de sus
costumbres. Cada profesor había adquirido una técnica
en el castigo que le era propia y que le diferenciaba de sus colegas
de claustro.
Uno amenazaba
mientras escupía al suelo y pisaba el cuerpo del delito.
"¿Quién ha sido?" Otro, mientras se rascaba
ampulosamente sus partes viriles: sus fuertes bofetadas olían
a grasa de entrepierna. Otro más, temblaba antes de gritarnos
el "apara la mano" y pegarnos con la regla. Quien más
quien menos tomaba la escuela como un sustituto del gimnasio. Pero
quien más debía de sufrir las consecuencias de esa
violencia que el alumnado había almacenado a base de golpes,
ése era el pobre Padre Palos. Los niños, en su crueldad
congénita y aprendida, perseguían al pobre cura en
medio de insultos y amenazas hasta la comisaría más
cercana.
La sociedad no
se ha hecho menos violenta desde que se han prohibido los malos
tratos en las aulas. Pero es bueno que el niño aprenda que el
respeto se puede merecer sin necesidad de recurrir al bastón
que, como extensión de la mano, adorna a la especie humana
desde los tiempos del Cromañón.
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