miércoles, 25 de junio de 2014

18. COLEGIO

En las ciudades pequeñas, los colegios públicos son centros de inmersión entre las clases sociales. En Huesca, por ejemplo, es difícil imaginar una sola escuela que, por su situación, eduque únicamente a los hijos de una determinada clase socio-económica. A excepción hecha , tal vez, de la escuela del Perpetuo Socorro: barrio donde la densidad de familias obreras supera en mucho a los demás.
Así, el Colegio Nacional Juan XXIII se halla en el cruce entre la Ciudad Jardín, el Estrecho Quinto y el barrio de Santiago. No existen en esas tres zonas grandes extremos en cuanto al nivel de renta. Funcionarios de grado medio y sus acólitos, pequeña burguesía comercial, trabajadores de la construcción. Verdadero melting pot interclases. Lo que es altamente constructivo para que el niño crezca en el pleno respeto a sus compañeros, como niños individualmente considerados y no como componentes abstractos de un grupo social. El niño de extracción humilde comparte las vivencias del niño rico; los padres de éste han considerado más liberal llevarle a un colegio público en lugar de a un centro religioso: la burguesía ilustrada ha sido muy frecuentemente republicana y laica en este país.
En el C.N.Juan XIII, entonces, los profesores tenían que vérselas con alumnos de todo tipo. Sus métodos debían ser aplicables a todo tipo de educación. O mejor dicho, todo padre debía aceptar la manera en que su hijo estaba siendo educado. De esta manera, los premios y castigos tenían que ser democratizadores, aun contando con que un niño acostumbrado a palizas descomunales en su casa no iba a encajar el castigo físico del mismo modo que un niño criado entre los algodones de una mamá novelera amante de los nocturnos de Chopin. La letra necesita tal vez entrar con mayor derramamiento de sangre en unos casos que en otros. No lo sé. Todo esto no son más que conjeturas.
Lo único cierto en todo esto es que los profesores de mi colegio confiaban plenamente en este axioma. Quien más quien menos levantaba la mano a los alumnos. Estos aceptaban sumisos, a sabiendas de que luego, en el patio de recreo, se vengarían riéndose de los maestros con sus motes y la imitación burlona de sus costumbres. Cada profesor había adquirido una técnica en el castigo que le era propia y que le diferenciaba de sus colegas de claustro.
Uno amenazaba mientras escupía al suelo y pisaba el cuerpo del delito. "¿Quién ha sido?" Otro, mientras se rascaba ampulosamente sus partes viriles: sus fuertes bofetadas olían a grasa de entrepierna. Otro más, temblaba antes de gritarnos el "apara la mano" y pegarnos con la regla. Quien más quien menos tomaba la escuela como un sustituto del gimnasio. Pero quien más debía de sufrir las consecuencias de esa violencia que el alumnado había almacenado a base de golpes, ése era el pobre Padre Palos. Los niños, en su crueldad congénita y aprendida, perseguían al pobre cura en medio de insultos y amenazas hasta la comisaría más cercana.

La sociedad no se ha hecho menos violenta desde que se han prohibido los malos tratos en las aulas. Pero es bueno que el niño aprenda que el respeto se puede merecer sin necesidad de recurrir al bastón que, como extensión de la mano, adorna a la especie humana desde los tiempos del Cromañón.  

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