miércoles, 25 de junio de 2014

17. ANTIFASCISTAS

 ¿Vieron en la tele a los antifascistas de Barcelona destrozando oficinas de banco, contenedores, y cabinas telefónicas? Comentando estos hechos con algunos amigos, unos se declararon partidarios de la acción directa: es preciso dinamitar los cimientos de esta sociedad injusta, y la lucha autoriza los disturbios; otros aseguraron más eficaz el socavar poco a poco el sistema desde su interior, formulando los cambios en su propio lenguaje.
Estoy de acuerdo con que el sistema permite a los bancos sacar tajada de todo (el poder del capital como motor de la historia); pero nada pierde una entidad de La Caixa si le destrozan el local: son las aseguradoras las que pagan. Sin embargo, en el destrozo de mobiliario urbano, allí somos todos los que pagamos cabinas y contenedores; además del carácter impopular de tales actos. Esto no conduce más que a la marginación consensuada de todos aquellos grupos que actúen contra la colectividad y la propiedad privada.
Ahora bien, tras ver las imágenes en que aparecían estos jóvenes encapuchados interconectados por medio de teléfonos móviles (símbolo rancio del sistema), tirando de carritos de compra llenos de neumáticos viejos para levantar las barricadas, se hace evidente la premeditación de todos los destrozos: atentados contra la colectividad y contra la propiedad privada. De lo cual se colije que la contra-manifestación antifascista no era más que un pretexto para crear un ambiente de confusión y de desbarajuste.

Tal vez la magnitud de los crímenes racistas de la extrema derecha autorizase las barbaridades de los antifascistas. Pero creo que ponerse en el mismo nivel de ceguera y de barbarie que el de los asesinos, a lo único que lleva es a deslegitimar, a desvirtuar, a deshumanizar, y, finalmente, a que pierda todo talante humanista y respetuoso, el mensaje progresista que siempre ha querido transmitir el movimiento radical de izquierdas. Y lo que menos necesita un movimiento alternativo es el rechazo de sus convencinos.

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