¿Vieron
en la tele a los antifascistas de Barcelona destrozando oficinas de
banco, contenedores, y cabinas telefónicas? Comentando estos
hechos con algunos amigos, unos se declararon partidarios de la
acción directa: es preciso dinamitar los cimientos de esta
sociedad injusta, y la lucha autoriza los disturbios; otros
aseguraron más eficaz el socavar poco a poco el sistema desde
su interior, formulando los cambios en su propio lenguaje.
Estoy
de acuerdo con que el sistema permite a los bancos sacar tajada de
todo (el poder del capital como motor de la historia); pero nada
pierde una entidad de La Caixa si le destrozan el local: son las
aseguradoras las que pagan. Sin embargo, en el destrozo de mobiliario
urbano, allí somos todos los que pagamos cabinas y
contenedores; además del carácter impopular de tales
actos. Esto no conduce más que a la marginación
consensuada de todos aquellos grupos que actúen contra la
colectividad y la propiedad privada.
Ahora
bien, tras ver las imágenes en que aparecían estos
jóvenes encapuchados interconectados por medio de teléfonos
móviles (símbolo rancio del sistema), tirando de
carritos de compra llenos de neumáticos viejos para levantar
las barricadas, se hace evidente la premeditación de todos los
destrozos: atentados contra la colectividad y contra la propiedad
privada. De lo cual se colije que la contra-manifestación
antifascista no era más que un pretexto para crear un ambiente
de confusión y de desbarajuste.
Tal
vez la magnitud de los crímenes racistas de la extrema derecha
autorizase las barbaridades de los antifascistas. Pero creo que
ponerse en el mismo nivel de ceguera y de barbarie que el de los
asesinos, a lo único que lleva es a deslegitimar, a
desvirtuar, a deshumanizar, y, finalmente, a que pierda todo talante
humanista y respetuoso, el mensaje progresista que siempre ha querido
transmitir el movimiento radical de izquierdas. Y lo que menos
necesita un movimiento alternativo es el rechazo de sus convencinos.
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