NOTHOMB,
Amélie, Metafísica
de los tubos.
(Versión española de Sergi Pàmies). Anagrama.
Barcelona, 2001. 143 páginas. 10.22 €
Metafísica
de los tubos forma parte de la nueva
estrategia editorial de Anagrama, interesada últimamente en la
más actual literatura de expresión francesa. Dentro de
estas nuevas adquisiciones figuran obras de Yasmina Reza, de los muy
controvertidos Catherine Millet, Michel Houellebecq y Frédéric
Beigbeder: cosa de la que todo aficionado a la lectura no puede sino
alegrarse. Sin embargo, la capacidad mediática y el fulgurante
éxito de estos novelistas (Reza y Houellebecq cultivan otros
géneros) parecen haber sido el principal motivo del fichaje de
estos nombres por la editorial barcelonesa: no siempre la calidad
está au rendez-vous
cuando las posibilidades comerciales son las únicas que guían
la elección de los autores.
La apertura a
nuevas fronteras no conlleva la apertura a nuevas formas de
expresión: Amélie Nothomb, ciudadana belga nacida en
Japón en 1967, no va a contribuir a la renovación del
género novelístico. Autora ya de nueve obras, conoció
una temprana y excelente acogida editorial con la publicación
de Hygiène de l'Assassin
(1992, Prix littéraire de la Vocation y mención
del Prix Alain Fournier), que creció con Las Catalinarias
(Prix du jury Jean Giono, 1995, Circe), y recibió su
definitiva consagración con Estupor y temblores (1999,
Anagrama) al ser merecedora del Gran Premio de la Novela de la
Academia Francesa. Su escritura se ha caracterizado por la
accesibilidad lectora, aun a pesar de que los temas elegidos no hayan
sido siempre los más comerciales.
Metafísica
de los tubos es una novelita facilona y
bien digerible. Su estructura estrictamente lineal favorece la
deglución urgente a bordo de traqueteantes autobuses o
atronadoras estaciones de ferrocarril: esto hace de ella objeto de
consumo rápido y masivo. Si el desorientado lector cree
encontrar solución (o simple discusión) a los grandes
enigmas de la humanidad en esos títulos -cierto, bien elegido-
se sentirá defraudado: si de metafísica se trata en
esta la última novela nothombiana es debido al endiosamiento a
que se ha sometido su autora, personaje mediático, al escribir
sobre sí misma.
En Japón
todos los niños son considerados como dioses, como okosamas;
y Mlle. Nothomb nació en el país del sol naciente
debido al cargo diplomático que ostentaba su padre. Este
hecho, unido al ensimismamiento de la primera infancia, hace que la
narradora se asemeje en su infancia con una divinidad: "Dios era
la satisfacción absoluta... Dios no vivía, existía...
Era todo saciedad y eternidad". Y siendo sus principales
actividades dormir, comer y excretar, abiertos "todos los
orificios para que los alimentos y los líquidos lo
atravesaran", Dios es equiparado a un tubo: ahí reside la
carga metafísica de la novela.
Durante los tres
primeros capítulos, la narradora escribe en tercera persona,
pasando a la primera en el momento en que la niña-dios
adquiere plena consciencia de sí misma gracias a una tableta
de chocolate blanco: el placer sensual como semillero de la
identidad. La niña va creciendo en inteligencia y cinismo,
aprende a leer por sí sola gracias a Tintín, aprende a
hablar japonés antes que francés, y hasta se
familiariza con el concepto de la muerte: todo eso antes de los tres
años, punto final de la novela, momento en que reconoce que
tendrá que dejar ese paraíso terrenal encerrado en el
jardín de su casa: de la misma manera que recientes
investigaciones revelan que Adán y Eva hablaban flamenco, Dios
es belga.
La novela es, en
cierto modo, un acto de homenaje al escenario edénico de la
niñez. Ya en Estupor y temblores
Nothomb volvía a Japón como empleada en una empresa: la
experiencia fue de todo menos satisfactoria, por lo que la autora
debió de sentir la necesidad de la reconciliación. El
lenguaje y la escritura, que la belga declara ser su único
exutorio, salvan el pasado de la usura del tiempo: "lo que te ha
sido dado te será arrebatado, tienes el deber de recordar
todos estos tesoros", dice en un pasaje de Metafísica.
Por esto mismo, Nothomb cree útil ofrecer a sus lectores
(numerosos y fieles) el placer de esta narración ombliguista,
en la que la escritora consagrada puede dar rienda suelta a su
megalomanía (hablar de sí mismo en 3ª persona es
síntoma clínico) y a su necesidad de reafirmación.
La escritura ha de servir, por consiguiente, para trazar las grandes
líneas de la personalidad, para acometer la búsqueda de
la identidad..
Comentaba más
arriba que la niña cobra conciencia de su yo gracias a un
tableta de chocolate blanco que le ofrece su abuela: "el placer
es una maravilla que me enseña a ser yo mismo. Yo sede del
placer. El placer soy yo: cada vez que exista placer existiré
yo. Ningún placer sin mí, ¡yo no existo sin
placer!", dice la pequeña. Una sensación que le
permite conocer el mundo desde la individualidad, y cuyo imperio se
extiende hasta la edad adulta, a pesar de que la sociedad menosprecie
su valor a beneficio del raciocinio. Se trata, según la
narradora, de una "secta de imbéciles que oponen
sensualidad e inteligencia", lo que no hace sino empobrecerles y
les reconforta en su convicción de ser brillantes.
"El
deleite, en cambio, nos hace humildes y admirativos con lo que
produce, el placer despierta la mente y la empuja tanto hacia la
virtuosidad como hacia la profundidad." Sólo el goce
sensual abre, pues, la puerta del conocimiento de sí, punto en
el que podría coincidir con Freud y su principio de placer.
Pero lejos de situarlo en la trinidad de fases infantiles, Nothomb lo
basa en la ingestión de golosinas: planteamiento un tanto
acientífico que sitúa al individuo en una banal
humildad identitaria.
Más
delante dirá, sin embargo, que "nuestras personalidades
son nulas, nuestras inclinaciones resultan a cuál más
banal. Sólo nuestras repulsiones nos definen realmente."
Y no es el placer esta vez, sino el displacer lo que permite al
individuo su posicionamiento en el mundo. Constante en la novelística
nothombiana, la confrontación antagonista se centra en algún
personaje o grupo de personajes que le sugieren la más viva
repulsión. En el caso de Metafísica
de los tubos el ejemplo es revelador.
Asombrada de que una bandera en forma de pez (la sempiterna carpa de
la cultura nipona) simbolice el mes de los chicos, la niña
desarrollará durante la segunda mitad de la novela una
repulsión intensa por los peces; hasta el punto de sufrir
pesadillas obsesivas: "de noche, en mi cama, la oscuridad se
poblaba de bocas abiertas. Bajo mi almohada, lloraba de terror (...)
No era su estómago lo que me repuganaba, sino su boca, el
movimiento de válvula de sus mandíbulas que me violaba
los labios durante eternidades nocturnas." Se puede observar en
esta asociación pez-muchachos la revisitación de los
terrores infantiles que se proyectan hacia el futuro, hacia la
adolescencia y la edad adulta en que jóvenes y hombres exigen
con violencia la satisfacción del deseo sexual: ávidas
bocas, ávidas manos que amenazan la tranquilidad del frágil
castillo.
¿Una cierta
androfobia? Es probable si la ponemos en relación con los
depositarios de la confrontación antagonista de sus demás
novelas. Y si hay otra constante en la obra nothombiana, esta es la
presencia del monstruo, que suele ser un viejo o un obeso personaje
poseedor de los peores vicios y las más deleznables
obsesiones. En Hygiène de
l'assassin, la heroína, una
joven y sagaz periodista, debe enfrentarse al escritor de éxito
Prétextat Tach: un enorme hombretón amante de todos los
excesos que tiene aterrorizada a la comunidad periodística con
sus exabruptos. Un caso análogo se da en Las
Catilinarias, donde el enemigo ha sido
bautizado con el nombre de Kyste. Y en Mercure,
novela de 1998, Hazel es rescatada de los bombardeos por un anciano
"que devora con los ojos", arquetipo del ogro, quien le
prohíbe mirarse en los espejos so pretexto de que la guerra ha
desfigurado su cara. Hazel halla, sin embargo, un espejo en la
habitación de su benefactor; un tipo de espejo que en francés
recibe el nombre de "psyché": el alma. "Je
me vois donc je suis", dice Hazel
reciclando la sentencia cartesiana. Así, cuando la pequeña
de Metafísica de los tubos
se cae en el estanque -aturdida por la masculina presencia de las
carpas- y se hace una profunda brecha en la cabeza, proclama:
"¡Quiero verme en un espejo! ¡Quiero ver el agujero
de mi cabeza!" La necesidad de verse y de conocerse -la cabeza
como sede de la inteligencia, del alma- se dan la mano en estas
exclamaciones.
Vemos, por
consiguiente, que Metafísica de
los Tubos explota el tópico de
la feminidad amenazada, y eso a través de una estructura
carente de procedimientos narrativos como, por ejemplo, los saltos de
tiempo: el único flashback,
la entrada del padre en las clases de canto No,
apenas quiebra la linealidad argumental. Por otra parte, el dibujo de
los personajes, escasamente esbozados, los hace aparecer como
hieráticos figurantes de un ritual a la mayor gloria del
okosama. Y
eso, que tal vez respondiese a una sobriedad perseguida, puede
esconder escasez de recursos. La versión española, a
cargo de Sergi Pàmies, da buena cuenta del original francés,
a pesar de algunas licencias que, como traidor profesional, debe
acometer todo traductor. No seré yo quien la emprenda con la
larga lista de traductores catalanes, pero algunas catalanades
son decididamente flagrantes: como ese adjetivo, "cranial"
que aparece en dos ocasiones en la página 45; o, en otro orden
de ocurrencias, la adopción de términos ingleses
tradicionalmente utilizados en francés pero que en castellano
suenan fuera de lugar, como "stock" (resto, depósito).
Una última más grave: confundir 'circunvolución'
con "circunvalación" (página 20), dando así
fe de las prisas del señor traductor.
En definitiva, que
cabe saludar con un aplauso la llegada masiva de escritores de lengua
francesa al panorama editorial español, a pesar de que la
selección no cumpla siempre las exigencias de calidad que se
espera de uno de los grandes sellos hispanos: no se debería
acoger todo producto viniera de donde viniese, pues, como afirma la
narradora de Metafísica de los
tubos: "Vivir significa rechazar.
Aquel que todo lo acepta vive igual que el desagüe de un
lavabo."
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