La
válvula de escape por excelencia de las sociedades del primer
mundo mediterráneo ha vuelto a demostrar su excelente
funcionamiento. El fútbol como aglutinador social y
canalizador de frustraciones y anhelos.
La
Copa de Europa se disputó en Francia para orgullo exclusivo de
los espa&oles. Ganara quien ganase, quedaba demostrada la
primacía de unos colores determinados sobre los de la
Comunidad. ¡Viva Espa&a más que nunca! Huesca, a
pesar de que pudiera pillarle de lejos una confrontación entre
capitalinos y valencianos, no se mantuvo impávida ante la
sacudida de los aficionados, de los hinchas de algo, juegue quien
juegue. La ciudad vibró con los goles jaleados, y se juergueó
con los cánticos de los ganadores hasta las tantas. Salvo los
verdaderos hinchas del Valencia F.C., todos fuimos madridistas
durante esa noche, aunque sólo fuera por presenciar la
celebración de los victoriosos: las Cuatro Esquinas, metáfora
de la urbs, estaba de
jarana como en San Lorenzo.
Ningún
rincón de Espa&a fue inmune a la avalancha futbolera. La
Cibeles, metáfora de la urbs
de la capital, se vio, la pobre, asolada por la marabunta de
hormiguitas ávidas de celebración. Chapuzón,
litrona, sexo droga y rocanrol, gritos del orgullo de ser, en este
orden:
a)
hincha del Madrid;
b)
aficionado al fútbol;
c)
residente en unos límites administrativos denominados a
efectos de gestión como "Espa&a";
d)
joven y entusiasta;
e)
un tanto voceras y con ganas de bronca.
Y
allí se desencadenó la kale
borroka vacía de contenido, sin un fin
determinado, que sólo necesitaba romper unas cuantas cabinas,
quemar algún cochecito despistado, increpar a la policía
(representante del orden impuesto por los mayores).
Pues
bien, eso que duró la víspera, el día del
partido y el día después, ese fenómeno, ha
conseguido paliar más descontentos y frustraciones que toda la
programación televisiva de un a&o. Por defender unos
colores y un difuso sentimiento de hermandad, las masas se rebelan
para escupir toda su rabia y su impotencia. Y después nada,
como si todo no hubiera sido más que una borrachera, cuya
resaca se cura con la alienación rutinaria.
Todos
esos excitadísimos jóvenes, ¡a quién le
chillaban?, ¿a quién se estaban quejando de su
descontento? A nadie en particular. Pero necesitaban quejarse, aunque
fuera un acto vano. Y allí entra el fútbol, a mi
parecer, en la lógica del poder: mientras las masas logren
encontrar temas sin importancia de que quejarse, en ellos gastarán
todo ese exceso de frustración y de enfado. Y no protestarán
de lo que es realmente importante: la precariedad del trabajo, la
desigualdad social, la riqueza de unos pocos y la mediocridad de la
mayor parte, de que Espa&a vaya bien gracias a trabajar más
cobrando menos.
¿Quién
nos ha robado el tiempo de las reivindicaciones sociales, de las
manifestaciones políticas, de las luchas por los derechos?
Quien no llora no mama. Mientras no nos quejemos nos van a dar más
candela, e iremos a peor. El fútbol ha conseguido agruparnos a
todos en una lucha que no es final, como rezaba "La
Internacional", sino carente de finalidad y motivo. Guardémonos
las fuerzas para lo verdaderamente importante, por favor, y que
cuando gritemos no nos salga por la bocaza un grito de croma&ón,
sino ideas como piedras.
Francisco
Domínguez
25/05/2000
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