¿Recuerdan
la película que llevaba este título? En ella, el
protagonista contrataba a una troupe de actores para celebrar
su cumpleaños en un ambiente de familia. Así, al
levantarse plácidamente por la mañana, el contratista
encontraba a sus contratados hijos sentados alrededor del calor de la
cocina; entre ellos se establecía una conversación
acerca de los estudios, de lo tarde que llegó uno la noche
anterior,... temas familiares por excelencia. La sorpresa se dispara
cuando, durante el almuerzo, el "padre" abre los regalos.
Uno de ellos consiste en una pipa -o en cualquier otro artículo
de fumador-; el padre cambia de actitud y de gesto y recrimina, como
lo haría un patrón o un exigente cliente de hotel, al
niño su desconocimiento del guión, de las reglas del
juego: el padre había dejado de fumar dos años atrás.
Esta familia de
cartón-piedra, ¿no resulta ser el paradigma de la
familia tradicional? Los vínculos entre los miembros están
negociados de antemano: cada uno cumple con el papel que le ha
asignado la jerarquía. Y todos aceptan la figura organizadora
del cerebro, del cabeza de familia, del deus ex machina que
aparece de vez en cuando en escena para recordar a los actores la
naturaleza de la inteligencia creadora. Una comedia en que los
personajes tienen asignada una función dentro de la finalidad
común: reiterar la autoridad del creador, del autor. Nada más.
Y a callar: "cuando seas padre comerás huevos."
Permítanme
recurrir a otra película, "Celebración", del
danés Thomas Vinterberg, en la que la familia es centro de la
trama. Esta se reúne en torno al aniversario del padre, feliz
y festivamente. Pero he aquí que uno de los hijos desvela un
secreto hiriente y menoscabador de la figura del padre; secreto que
arrastra la confesión largo tiempo enmudecida de otro hijo. La
familia estalla en mil pedazos una vez que sus miembros han hecho
leña del árbol caído del progenitor. Cada uno se
va por su lado, a atender sus preocupaciones personales, conscientes
de que la cohesión del grupo ha desaparecido: los vínculos
vertebradores estaban basados en la perpetuación del statu
quo de quien ocupaba la cúspide de la pirámide: el
padre.
En uno y otro
ejemplo se vislumbra un único motor, la figura de autoridad
que decide el tono de las relaciones y asegura la continuidad de las
mismas. De ahí que se hayan dirigido ataques a la familia como
institución alienante. La falta de libertad de sus miembros
dentro de la carcasa familiar es tan manifiesta como en otros tipos
de sociedades vertebradas en torno a la autoridad, como el ejército
y la iglesia. La entrada en tales grupos humanos supone la plena
aceptación de las reglas del juego de convivencia: obediencia
ciega a los dictados de la cúspide de la jerarquía. O
eso o la incapacidad civil, o la excomunión.
Sin embargo,
hay quien afirma que la familia está allí siempre que
la necesitas, único remanso de seguridad en medio de las
relaciones de interés de esta sociedad deshumanizada.
Concepto mediterráneo de clan, que, como tal, está
definido por unas reglas. Pero clan que puede haber fundado la
relación entre sus miembros a través de una historia
sentimental común y compartida. Uno puede cometer
desobediencia civil, u objeción de conciencia o fiscal. Pero,
qué violencia más grande debe hacerse uno para negar la
autoridad de los sentimientos, para hacerse insumiso a la única
patria del hombre que, como diría alguien, es la infancia. En
ese territorio sentimental radica la diferencia: rechazo o aceptación
de la propia prehistoria. Parafraseo a Marx: los sentimientos son el
motor de la historia (de cada uno, habría que añadir).
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