miércoles, 25 de junio de 2014

19. FAMILIA

¿Recuerdan la película que llevaba este título? En ella, el protagonista contrataba a una troupe de actores para celebrar su cumpleaños en un ambiente de familia. Así, al levantarse plácidamente por la mañana, el contratista encontraba a sus contratados hijos sentados alrededor del calor de la cocina; entre ellos se establecía una conversación acerca de los estudios, de lo tarde que llegó uno la noche anterior,... temas familiares por excelencia. La sorpresa se dispara cuando, durante el almuerzo, el "padre" abre los regalos. Uno de ellos consiste en una pipa -o en cualquier otro artículo de fumador-; el padre cambia de actitud y de gesto y recrimina, como lo haría un patrón o un exigente cliente de hotel, al niño su desconocimiento del guión, de las reglas del juego: el padre había dejado de fumar dos años atrás.
Esta familia de cartón-piedra, ¿no resulta ser el paradigma de la familia tradicional? Los vínculos entre los miembros están negociados de antemano: cada uno cumple con el papel que le ha asignado la jerarquía. Y todos aceptan la figura organizadora del cerebro, del cabeza de familia, del deus ex machina que aparece de vez en cuando en escena para recordar a los actores la naturaleza de la inteligencia creadora. Una comedia en que los personajes tienen asignada una función dentro de la finalidad común: reiterar la autoridad del creador, del autor. Nada más. Y a callar: "cuando seas padre comerás huevos."
Permítanme recurrir a otra película, "Celebración", del danés Thomas Vinterberg, en la que la familia es centro de la trama. Esta se reúne en torno al aniversario del padre, feliz y festivamente. Pero he aquí que uno de los hijos desvela un secreto hiriente y menoscabador de la figura del padre; secreto que arrastra la confesión largo tiempo enmudecida de otro hijo. La familia estalla en mil pedazos una vez que sus miembros han hecho leña del árbol caído del progenitor. Cada uno se va por su lado, a atender sus preocupaciones personales, conscientes de que la cohesión del grupo ha desaparecido: los vínculos vertebradores estaban basados en la perpetuación del statu quo de quien ocupaba la cúspide de la pirámide: el padre.
En uno y otro ejemplo se vislumbra un único motor, la figura de autoridad que decide el tono de las relaciones y asegura la continuidad de las mismas. De ahí que se hayan dirigido ataques a la familia como institución alienante. La falta de libertad de sus miembros dentro de la carcasa familiar es tan manifiesta como en otros tipos de sociedades vertebradas en torno a la autoridad, como el ejército y la iglesia. La entrada en tales grupos humanos supone la plena aceptación de las reglas del juego de convivencia: obediencia ciega a los dictados de la cúspide de la jerarquía. O eso o la incapacidad civil, o la excomunión.
Sin embargo, hay quien afirma que la familia está allí siempre que la necesitas, único remanso de seguridad en medio de las relaciones de interés de esta sociedad deshumanizada. Concepto mediterráneo de clan, que, como tal, está definido por unas reglas. Pero clan que puede haber fundado la relación entre sus miembros a través de una historia sentimental común y compartida. Uno puede cometer desobediencia civil, u objeción de conciencia o fiscal. Pero, qué violencia más grande debe hacerse uno para negar la autoridad de los sentimientos, para hacerse insumiso a la única patria del hombre que, como diría alguien, es la infancia. En ese territorio sentimental radica la diferencia: rechazo o aceptación de la propia prehistoria. Parafraseo a Marx: los sentimientos son el motor de la historia (de cada uno, habría que añadir).

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