miércoles, 25 de junio de 2014

31. HOUELLEBECQ: DE LA NECESIDAD DE GESTIONAR EL SEXO. (Revista Trébede, febrero 2002.)

HOUELLEBECQ: DE LA NECESIDAD DE GESTIONAR EL SEXO.
(Michel Houellebecq, Plateforme. Flammarion. París, 2001. 370 páginas.)
-------------------------------------------------------------------------------------------

Michel Houellebecq (La Reunión, 1958) hizo su entrada en el mercado editorial francés en 1991 con un ensayo sobre H.P. Lovecraft, al que le han seguido hasta la actualidad tres poemarios, un libro de relatos y tres novelas. Plateforme es su cuarta novela, publicada en agosto de 2001 con el despliegue necesario para rodear al escritor de la polémica que siempre han suscitado sus intervenciones públicas y su obra.
Esta fama, que le ha dado en Francia opción a conseguir en 1998 el Premio Nacional de las Letras -así como otros de menor relevancia- tan apenas ha atravesado los Pirineos, a pesar de las continuas referencias que del autor se hacen en los medios españoles especializados en literatura. La editorial Anagrama se encargó de publicar sus dos primeras novelas (Ampliación del campo de batalla (1999) y Las Partículas elementales (2000)) así como una colección de textos cortos (El Mundo como supermercado), conociendo en realidad poca proyección comercial. ¿Cuáles son los motivos de su escasa repercusión española?
Las causas pueden ser variadas. Una podría ser el progresivo desinterés que desde los años 80 ha mostrado la industria editorial de nuestro país por los escritores arriesgados, excéntricos y conflictivos. Otra, la poca confianza que ha demostrado tener el lector español por toda obra de cierto calado intelectual -hecho propiciado por la misma industria del libro al potenciar una literatura de evasión y entrenimiento antes que el drama psicológico, tan del gusto del lector francés-. Y, por último, el malditismo, que seduce a un importante sector del público lector en Francia, apenas tiene predicamento en España: porque Houellebecq se ha labrado, tal vez a su pesar, una reputación de inconformista y contestatario que resultarían artificiales y molestas en nuestro país. Los ecos de Mayo del 68 se apagaron hace tiempo al sur de los Pirineos, mientras que al norte siguen encendidos por obra de un gran número de sociólogos y novelistas.
Lo cierto es que, disquisiciones extraliterarias al margen, la obra de Houellebecq es poseedora de unos ingredientes que la hacen no sólo apta para la más profunda reflexión, sino también perfectamente accesible a una lectura relajada cuya única meta sea el entretenimiento. Pero que no espere el despreocupado lector de las tardes de domingo salir indemne de la experiencia: Houellebecq perjudica y engancha, su consumo es desaconsejable para las mentes demasiado impresionables. Pues tal vez eran impresiones fuertes lo que el público galo necesitaba para renovar su confianza en la literatura, y la nueva generación de escritores ha creído poder ofrecérselo.

Nuevos nombres

Los nuevos nombres, que van desde Virginie Despentes (autora de la polémica Fóllame) hasta Marie Darrieusecq (célebre con Marranadas), pasando por Vincent Ravalec (El Canto de la chusma) o la más comedida Lorette Nobécourt (con la sublime La Comezón), se complacen en mostrar una realidad ciertamente dura y cruel sobre un trasfondo de crítica social. Este fenómeno, que podría calificarse de "realismo sucio a la francesa", ha encontrado un sugestivo apoyo editorial y mediático, traducido inmediatamente por las cifras de venta en las librerías. Tal vez el mercado vea en ellos, jóvenes autores, la promesa de futuras y sustanciosas ganancias que les lleve a mimarlos ahora para no perderlos después, ya escritores consagrados. Lo cierto es que quien proclamara una crisis en la literatura francesa ha errado el tiro de medio a medio: aun a pesar de los valores seguros como Patrick Modiano o Yasmina Réza -que perpetúan la tradición intimista, bon vivant y psicologicista junto al recuerdo a la 2ª Guerra Mundial- los jóvenes se abren camino renegando del legado de sus mayores. Así, desaparecen los dramas relacionados con Vichy y la ocupación; las constantes referencias a la gastronomía y al vino, tan habituales en la cultura francesa, son sustituidas por pizzas y cerveza; la gran cultura, representada por la música culta, la ópera, el teatro y el arte clásico, es patrimonio de una burguesía acomodada que en poco o nada coincide con los nuevos creadores; y, por último, el contexto familiar, que tanto ha sido explotado en la narrativa francesa más conocida, aparece atomizado y desgajado por la construcción de la sociedad contemporánea.
Si se pudiese caracterizar a esta nueva generación de narradores franceses a través de unos rasgos comunes, no nos equivocaríamos al señalar el carácter mayoritariamente urbano de las historias propuestas. Los personajes suelen ser veinteañeros o treintañeros recién integrados al mercado de trabajo, cultos o con una sólida formación académica, que viven en grandes ciudades -especialmente París, que sigue siendo una especie de locus amoenis para el lector francés medio- con todas las dificultades que de ello se derivan: soledad, homogeneización, ocio programado...
El segundo rasgo común que cabría señalar es el recurso habitual a situaciones de carácter erótico dentro de la historia principal. La actividad sexual aparece como un elemento relacional entre los personajes, tal vez el único fiable que pueda establecerse entre ellos. También la asuencia de toda actividad sexual puede definir las relaciones de un personaje con su entorno, presa de constantes frustraciones.
El amor es evocado como algo deseable pero difícilmente alcanzable. La dificultad radica tal vez en la imposibilidad de crear vínculos entre los individuos, pues cada uno tiene ya bastante con sus propios problemas. Todo planteamiento sentimental queda, pues, abolido, a no ser que sea presentado con destructor cinismo.
Otro rasgo unificador podría ser el gusto por los planteamientos argumentales con una cierta perspectiva social. El paso de la adolescencia estudiantil a la asunción de responsabilidades laborales y sociales sume al joven trabajador en el marasmo, del que sólo se recupera mediante soluciones a corto plazo. La alienación del trabajo, la crítica de las desigualdades sociales, el elogio de la exclusión, no les son ajenos a estos nuevos creadores franceses. De ahí que sus personajes escojan frecuentemente la automarginación como protesta, o la dinamitación del orden en su entorno como vía de escape.
El resultado de cualquier historia que gire en torno a este cúmulo de insatisfacciones sólo puede ser terrible. Así, el tono habitual de estas narraciones tiende más al drama catastrofista que al atisbo de un rayo de esperanza. Nihilismo y angustia vital que conducen fácilmente al sufrimiento y a la desesperación.

Plateforme

La última novela de Houellebecq, Plateforme, posee algunos rasgos que emparentan a su autor con la nueva generación de narradores. No en vano, estos le consideran como su jefe de filas, no sólo por su mayor edad, sino por el fulgurante éxito de su obra. Pasemos a detallar someramente las grandes líneas de la historia para ver en qué medida cuadran con los propósitos antes señalados.
El narrador-protagonista de Plateforme, Michel, es un parisién con todas las características del habitante de la gran ciudad. Es un hombre culto, funcionario en el ministerio de cultura, con una importante formación académica. La diferencia principal -con respecto a los rasgos antes señalados- estriba en la edad del personaje, quien ya ha alcanzado los cuarenta y se siente excluido del ámbito juvenil. Esto se hace patente en la obra al comenzar con la narración de la incineración de su padre, hecho éste -el de la muerte del padre- que cree determinante para su entrada en la vida adulta. "On ne devient jamais réellement adulte"1, dice Michel sin embargo.
Este narrador-protagonista, solitario compulsivo, que nunca ha podido mantener una relación sentimental duradera, es un avezado erotómano -rasgo que le emparenta con los caracteres dados más arriba-. Siempre en pos de la satisfacción de un deseo constantemente renovado por la publicidad y la televisión, Michel hace uso frecuente de peep-shows y de la prostitución callejera. Sin embargo, el deseo sexual y su satisfacción cotidiana nunca aparecen como hitos felices en la biografía del personaje, sino como una mecánica necesidad que ha perdido toda la magia del rito. Por ello mismo, las circunstancias que rodean a cada nuevo capítulo de la actividad sexual en Plateforme son descritas con frialdad naturalista, sin que el verbo del narrador se deje llevar por los transportes que antaño arrastraban a las heroínas stendhalianas o flaubertianas. La culminación de todo encuentro sexual ha de ser, necesariamente, una descarga seminal, cuya intensidad determinará la bondad o la mediocridad del mismo.
Las aspiraciones naturales de acceder a la felicidad se materializan en la presencia de una mujer, no sólo como constante objeto prodigador de placeres carnales, sino como único vínculo posible con la humanidad (¿recuerdan aquel cherchez la femme?). Michel es un hombre solitario, sin otros personajes con los que establecer relaciones de complicidad; tal vez se sienta impelido a ello por desconfianza ante las motivaciones pretendidamente gratuitas de los amigos. En el amor, la relación de intereses entre los dos componentes está definida de antemano, disipando a priori la existencia de intenciones ocultas. De este modo la pareja, hecho frecuente en la narrativa francesa, se erige en parapeto del individuo frente al mundo.
Michel, durante un viaje organizado a Tailandia -una dimensión diferente de los amores venales-, conoce a Valérie, una joven que desea saber qué ve el hombre occidental en las mujeres asiáticas. La atracción de Michel por la joven irá creciendo hasta concretarse en una cita al fin de las vacaciones. Entre ellos nace una sólida relación de amor basada en el entendimiento y la complicidad sexuales, que les lleva a entablar relaciones esporádicas con otras parejas.
El amor aparece, pues, como una fuerza capaz de neutralizar la frustración sexual, connatural al ciudadano de los países industrializados. Y es que el actual clima de liberalismo sexual es percibido por el narrador, a imagen del liberalismo económico, como creador de bolsas de pobreza.2 La condición humana o ciudadana no es suficiente para que el individuo pueda asegurarse la satisfacción del deseo, sino que se basa en el poder adquisitivo de cada uno. De ahí que el sexo funciones como nivelador social y propiciador de desigualdades. Ante este cruel determinismo, físico o económico, lo ideal sería proponer la satisfacción generalizada de los instintos libidinosos de todos y cada uno de los miembros de la sociedad. Sólo así el deseo dejaría de ser una preocupante constante en la vida del ciudadano.
A la espera de la llegada de esa ordenada sociedad (inspirada en cierto modo en modelos fourieristas, en Huxley y en el Skinner de Walden 2) caben soluciones conducentes a reparar ese déficit libidinoso de la ciudadanía. Así, en Plateforme, Michel, Valérie -que ha resultado ser una alta ejecutiva del sector del turismo- y el jefe de ésta deciden poner en marcha una red de centros de vacaciones en los que el principal atractivo para el cliente sea la actividad sexual: una situación pura de intercambio comercial en la que el frustrado pero rico ciudadano occidental pague la abierta disposición del ciudadano del mundo subdesarrollado a compartir su cuerpo. Se produciría así una transferencia constante de divisas que no podría sino satisfacer a ambas partes: sexualmente al occidental, y económicamente al subdesarollado. La polémica está servida.
Si la comercialización del cuerpo resulta algo denigrante para la civilización occidental es porque se ha demonizado todo lo relacionado con lo erótico, limitando su satisfacción al ámbito de lo privado. Y esto a pesar de una pretendida liberación sexual que ha invadido todas las capas de la sociedad. Según Houellebecq, quien sostiene que esa liberación sólo fue una estratagema del mercado para separar al individuo de todo afán colectivista (y en especial de la familia, último reducto de una especie de comunismo primitivo), la satisfacción compete esclusivamente al individuo, por lo que es lógico que sólo el egoísmo asegure su consecución. De ahí que el individuo de Occidente desestime la posibilidad de ofrecer placer gratuitamente, ya que el horizonte último de toda iniciativa se halla, bajo el prisma del egoísmo, en el propio placer. "Offrir son corps comme un objet agréable, donner gratuitement du plaisir: voilà ce que les Occidentaux ne savent plus faire. Ils ont complètement perdu le sens du don" 3 -afirma el narrador de Plateforme. Y eso es lo que busca Michel en las asiáticas.
Allí donde el sentido economicista no ha invadido toda actividad humana, los individuos poseen todavía esa capacidad de entrega necesaria para el amor, esa actitud lúdica ante la vida que ha perdido el occidental. Y puesto que en el amor reside gran parte de las esperanzas del individuo en alcanzar la felicidad, la sociedad debería esforzarse por cambiar sus planteamientos básicos.
Y esto, augura Houellebecq, debe producirse en un futuro no muy lejano. Los valores tradicionalmente masculinos, al crear un clima de competición en que vencedor y vencido jamás podrán darse la mano, deben ceder terreno a los valores tradicionalmente femeninos. El optimismo, la generosidad, la complicidad y la harmonía harán que el mundo avance en un sentido diferente, otorgando más importancia a la satisfacción integral del individuo que la que aporta la sociedad basada en los avances tecnocientíficos. Sólo así se alcanzará ese estado adanesco en que sea posible la mutua satisfación de los instintos al considerarlos naturales y limpios.

... parce que le corps est saturé de contentement et de plaisir, et que toute l'inquiétude est abolie. Je tiens à présnet pour certain que l'esprit n'est pas né, qu'il demande à naître, et que sa naissance sera diffcile, que nous n'en avons jusqu'à présent qu'une idée insuffisante et nocive.4

Un nuevo espíritu hacia el que tender a través del cuerpo; o, más bien, a pesar del cuerpo, para conseguir por fin el estado corporal necesario para hallar en él la correspondencia con un concepto ideal de Hombre. Una idea platónica que adquiere fácilmente tintes religiosos. El mismo escritor revelará a Arrabal (en El Cultural de El Mundo, 31/10/01) ser

un hombre de orden. No puedo imaginar una sociedad viable sin el eje de una religión (...) una religión compatible con el saber científico y la indeterminación cuántica (que) podría devolvernos el encanto embriagador de la divinidad.5

Y, en última instancia, esta es la única manera de alcanzar la Humanidad idealizada de los utopistas: por medio de la sublimación del sexo, el miedo al futuro y el egoísmo. El sexo, sabemos cuál es el método propuesto; el miedo al futuro, y el inevitable miedo a la muerte desaparecerían en cuanto los avances científicos en biología molecular y física cuántica dieran con el remedio contra el envejecimiento celular. Con estos dos elementos desaparecería todo instinto egoísta del Hombre, pues, como afirmaba Marcuse, es la ansiedad ante la propia muerte la causa de la ambición: impulso irrefrenable de construir una propia historia que nos sobreviva tras el ocaso. Sólo así puede cesar el levantamiento del Hombre contra el Hombre. "L'humanité devait disparaître; l'humanité devait donner naissance à une nouvelle espèce, asexuée et immortelle, ayant dépassé l'individualitè, la séparation et le devenir" -dice el narrador de otra novela, Las Partículas elementales.6
Sin embargo, la posibilidad de que estos cambios sobrevengan realmente es más bien remota, si hacemos caso del desenlace final que imprime Houellebecq a sus historias. Consecuencia lógica del pesimismo a que hacía referencia al comienzo de estas reflexiones, ninguno de estos planteamientos logra una estabilidada definitiva. El amor, que aparece como salvador en todas las novelas se extingue por acción de la muerte: Christiane muere en Las Partículas...; Valérie es asesinada por un grupo de fanáticos islamistas en Plateforme. Y en cuanto al sueño de una organización que se ocupara sistemáticamentre de las pulsiones del ciudadano, Bruno la encuentra en un hospital psiquiátrico en Las Partículas...; la red de centros de vacaciones sexuales se viene abajo tras el atentado terrorista en Plateforme, acosado por las presiones de una sociedad poco tolerante con la verdadera libertad sexual.

Nos encontramos, por consiguiente, ante una novela en la que la trama y los personajes están al servicio de unos planteamientos ideológicos. Houellebecq ha preferido esta fórmula a la empleada por Nietzsche en su Zaratustra; aunque, así como el profeta mesopotámico bajaba de la montaña, el escritor francés desciende de su elevada plataforma para presentar a la humanidad el fruto de sus reflexiones bajo la apariencia de una fábula. Entronca por ello con la tradición del roman à thèse tan querida a algunos pensadores franceses de la postguerra mundial.


1 Michel HOUELLEBECQ, Plateforme. Flammarion. Paris 2001, p. 11.
2 HOUELLEBECQ, Michel, Extension du domaine de la lutte. Maurice Nadeau. Paris 1994. P. 114.
3 Ibidem, p. 254.
4 Ibidem, p. 169.
5 En El Cultural de El Mundo, Madrid, 31/10/01.

6 HOUELLEBECQ, M., Les Particules élémentaires. Flammarion, Paris 1998, p. 385.

No hay comentarios:

Publicar un comentario