HOUELLEBECQ:
DE LA NECESIDAD DE GESTIONAR EL SEXO.
(Michel
Houellebecq, Plateforme.
Flammarion. París, 2001. 370 páginas.)
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Michel
Houellebecq (La Reunión, 1958) hizo su entrada en el mercado
editorial francés en 1991 con un ensayo sobre H.P. Lovecraft,
al que le han seguido hasta la actualidad tres poemarios, un libro de
relatos y tres novelas. Plateforme
es su cuarta novela, publicada en agosto de 2001 con el despliegue
necesario para rodear al escritor de la polémica que siempre
han suscitado sus intervenciones públicas y su obra.
Esta
fama, que le ha dado en Francia opción a conseguir en 1998 el
Premio Nacional de las Letras -así como otros de menor
relevancia- tan apenas ha atravesado los Pirineos, a pesar de las
continuas referencias que del autor se hacen en los medios españoles
especializados en literatura. La editorial Anagrama se encargó
de publicar sus dos primeras novelas (Ampliación
del campo de batalla
(1999) y Las
Partículas elementales (2000))
así como una colección de textos cortos (El
Mundo como supermercado),
conociendo en realidad poca proyección comercial. ¿Cuáles
son los motivos de su escasa repercusión española?
Las
causas pueden ser variadas. Una podría ser el progresivo
desinterés que desde los años 80 ha mostrado la
industria editorial de nuestro país por los escritores
arriesgados, excéntricos y conflictivos. Otra, la poca
confianza que ha demostrado tener el lector español por toda
obra de cierto calado intelectual -hecho propiciado por la misma
industria del libro al potenciar una literatura de evasión y
entrenimiento antes que el drama psicológico, tan del gusto
del lector francés-. Y, por último, el malditismo, que
seduce a un importante sector del público lector en Francia,
apenas tiene predicamento en España: porque Houellebecq se ha
labrado, tal vez a su pesar, una reputación de inconformista y
contestatario que resultarían artificiales y molestas en
nuestro país. Los ecos de Mayo del 68 se apagaron hace tiempo
al sur de los Pirineos, mientras que al norte siguen encendidos por
obra de un gran número de sociólogos y novelistas.
Lo
cierto es que, disquisiciones extraliterarias al margen, la obra de
Houellebecq es poseedora de unos ingredientes que la hacen no sólo
apta para la más profunda reflexión, sino también
perfectamente accesible a una lectura relajada cuya única meta
sea el entretenimiento. Pero que no espere el despreocupado lector de
las tardes de domingo salir indemne de la experiencia: Houellebecq
perjudica y engancha, su consumo es desaconsejable para las mentes
demasiado impresionables. Pues tal vez eran impresiones fuertes lo
que el público galo necesitaba para renovar su confianza en la
literatura, y la nueva generación de escritores ha creído
poder ofrecérselo.
Nuevos
nombres
Los
nuevos nombres, que van desde Virginie Despentes (autora de la
polémica Fóllame)
hasta Marie Darrieusecq (célebre con Marranadas),
pasando por Vincent Ravalec (El
Canto de la chusma)
o la más comedida Lorette Nobécourt (con la sublime La
Comezón), se
complacen en mostrar una realidad ciertamente dura y cruel sobre un
trasfondo de crítica social. Este fenómeno, que podría
calificarse de "realismo sucio a la francesa", ha
encontrado un sugestivo apoyo editorial y mediático, traducido
inmediatamente por las cifras de venta en las librerías. Tal
vez el mercado vea en ellos, jóvenes autores, la promesa de
futuras y sustanciosas ganancias que les lleve a mimarlos ahora para
no perderlos después, ya escritores consagrados. Lo cierto es
que quien proclamara una crisis en la literatura francesa ha errado
el tiro de medio a medio: aun a pesar de los valores seguros como
Patrick Modiano o Yasmina Réza -que perpetúan la
tradición intimista, bon
vivant y
psicologicista junto al recuerdo a la 2ª Guerra Mundial- los
jóvenes se abren camino renegando del legado de sus mayores.
Así, desaparecen los dramas relacionados con Vichy y la
ocupación; las constantes referencias a la gastronomía
y al vino, tan habituales en la cultura francesa, son sustituidas por
pizzas y cerveza; la gran cultura, representada por la música
culta, la ópera, el teatro y el arte clásico, es
patrimonio de una burguesía acomodada que en poco o nada
coincide con los nuevos creadores; y, por último, el contexto
familiar, que tanto ha sido explotado en la narrativa francesa más
conocida, aparece atomizado y desgajado por la construcción de
la sociedad contemporánea.
Si
se pudiese caracterizar a esta nueva generación de narradores
franceses a través de unos rasgos comunes, no nos
equivocaríamos al señalar el carácter
mayoritariamente urbano de las historias propuestas. Los personajes
suelen ser veinteañeros o treintañeros recién
integrados al mercado de trabajo, cultos o con una sólida
formación académica, que viven en grandes ciudades
-especialmente París, que sigue siendo una especie de locus
amoenis para el
lector francés medio- con todas las dificultades que de ello
se derivan: soledad, homogeneización, ocio programado...
El
segundo rasgo común que cabría señalar es el
recurso habitual a situaciones de carácter erótico
dentro de la historia principal. La actividad sexual aparece como un
elemento relacional entre los personajes, tal vez el único
fiable que pueda establecerse entre ellos. También la asuencia
de toda actividad sexual puede definir las relaciones de un personaje
con su entorno, presa de constantes frustraciones.
El
amor es evocado como algo deseable pero difícilmente
alcanzable. La dificultad radica tal vez en la imposibilidad de crear
vínculos entre los individuos, pues cada uno tiene ya bastante
con sus propios problemas. Todo planteamiento sentimental queda,
pues, abolido, a no ser que sea presentado con destructor cinismo.
Otro
rasgo unificador podría ser el gusto por los planteamientos
argumentales con una cierta perspectiva social. El paso de la
adolescencia estudiantil a la asunción de responsabilidades
laborales y sociales sume al joven trabajador en el marasmo, del que
sólo se recupera mediante soluciones a corto plazo. La
alienación del trabajo, la crítica de las desigualdades
sociales, el elogio de la exclusión, no les son ajenos a estos
nuevos creadores franceses. De ahí que sus personajes escojan
frecuentemente la automarginación como protesta, o la
dinamitación del orden en su entorno como vía de
escape.
El
resultado de cualquier historia que gire en torno a este cúmulo
de insatisfacciones sólo puede ser terrible. Así, el
tono habitual de estas narraciones tiende más al drama
catastrofista que al atisbo de un rayo de esperanza. Nihilismo y
angustia vital que conducen fácilmente al sufrimiento y a la
desesperación.
Plateforme
La
última novela de Houellebecq, Plateforme,
posee algunos rasgos que emparentan a su autor con la nueva
generación de narradores. No en vano, estos le consideran como
su jefe de filas, no sólo por su mayor edad, sino por el
fulgurante éxito de su obra. Pasemos a detallar someramente
las grandes líneas de la historia para ver en qué
medida cuadran con los propósitos antes señalados.
El
narrador-protagonista de Plateforme,
Michel, es un parisién con todas las características
del habitante de la gran ciudad. Es un hombre culto, funcionario en
el ministerio de cultura, con una importante formación
académica. La diferencia principal -con respecto a los rasgos
antes señalados- estriba en la edad del personaje, quien ya ha
alcanzado los cuarenta y se siente excluido del ámbito
juvenil. Esto se hace patente en la obra al comenzar con la narración
de la incineración de su padre, hecho éste -el de la
muerte del padre- que cree determinante para su entrada en la vida
adulta. "On ne devient jamais réellement
adulte"1,
dice Michel sin embargo.
Este
narrador-protagonista, solitario compulsivo, que nunca ha podido
mantener una relación sentimental duradera, es un avezado
erotómano -rasgo que le emparenta con los caracteres dados más
arriba-. Siempre en pos de la satisfacción de un deseo
constantemente renovado por la publicidad y la televisión,
Michel hace uso frecuente de peep-shows
y de la prostitución callejera. Sin embargo, el deseo sexual y
su satisfacción cotidiana nunca aparecen como hitos felices en
la biografía del personaje, sino como una mecánica
necesidad que ha perdido toda la magia del rito. Por ello mismo, las
circunstancias que rodean a cada nuevo capítulo de la
actividad sexual en Plateforme
son descritas con frialdad naturalista, sin que el verbo del narrador
se deje llevar por los transportes que antaño arrastraban a
las heroínas stendhalianas o flaubertianas. La culminación
de todo encuentro sexual ha de ser, necesariamente, una descarga
seminal, cuya intensidad determinará la bondad o la
mediocridad del mismo.
Las
aspiraciones naturales de acceder a la felicidad se materializan en
la presencia de una mujer, no sólo como constante objeto
prodigador de placeres carnales, sino como único vínculo
posible con la humanidad (¿recuerdan aquel cherchez
la femme?). Michel
es un hombre solitario, sin otros personajes con los que establecer
relaciones de complicidad; tal vez se sienta impelido a ello por
desconfianza ante las motivaciones pretendidamente gratuitas de los
amigos. En el amor, la relación de intereses entre los dos
componentes está definida de antemano, disipando a
priori la
existencia de intenciones ocultas. De este modo la pareja, hecho
frecuente en la narrativa francesa, se erige en parapeto del
individuo frente al mundo.
Michel,
durante un viaje organizado a Tailandia -una dimensión
diferente de los amores venales-, conoce a Valérie, una joven
que desea saber qué ve el hombre occidental en las mujeres
asiáticas. La atracción de Michel por la joven irá
creciendo hasta concretarse en una cita al fin de las vacaciones.
Entre ellos nace una sólida relación de amor basada en
el entendimiento y la complicidad sexuales, que les lleva a entablar
relaciones esporádicas con otras parejas.
El
amor aparece, pues, como una fuerza capaz de neutralizar la
frustración sexual, connatural al ciudadano de los países
industrializados. Y es que el actual clima de liberalismo sexual es
percibido por el narrador, a imagen del liberalismo económico,
como creador de bolsas de pobreza.2
La condición humana o ciudadana no es suficiente para que el
individuo pueda asegurarse la satisfacción del deseo, sino que
se basa en el poder adquisitivo de cada uno. De ahí que el
sexo funciones como nivelador social y propiciador de desigualdades.
Ante este cruel determinismo, físico o económico, lo
ideal sería proponer la satisfacción generalizada de
los instintos libidinosos de todos y cada uno de los miembros de la
sociedad. Sólo así el deseo dejaría de ser una
preocupante constante en la vida del ciudadano.
A
la espera de la llegada de esa ordenada sociedad (inspirada en cierto
modo en modelos fourieristas, en Huxley y en el Skinner de Walden
2) caben soluciones
conducentes a reparar ese déficit libidinoso de la ciudadanía.
Así, en Plateforme,
Michel, Valérie -que ha resultado ser una alta ejecutiva del
sector del turismo- y el jefe de ésta deciden poner en marcha
una red de centros de vacaciones en los que el principal atractivo
para el cliente sea la actividad sexual: una situación pura de
intercambio comercial en la que el frustrado pero rico ciudadano
occidental pague la abierta disposición del ciudadano del
mundo subdesarrollado a compartir su cuerpo. Se produciría así
una transferencia constante de divisas que no podría sino
satisfacer a ambas partes: sexualmente al occidental, y
económicamente al subdesarollado. La polémica está
servida.
Si
la comercialización del cuerpo resulta algo denigrante para la
civilización occidental es porque se ha demonizado todo lo
relacionado con lo erótico, limitando su satisfacción
al ámbito de lo privado. Y esto a pesar de una pretendida
liberación sexual que ha invadido todas las capas de la
sociedad. Según Houellebecq, quien sostiene que esa liberación
sólo fue una estratagema del mercado para separar al individuo
de todo afán colectivista (y en especial de la familia, último
reducto de una especie de comunismo primitivo), la satisfacción
compete esclusivamente al individuo, por lo que es lógico que
sólo el egoísmo asegure su consecución. De ahí
que el individuo de Occidente desestime la posibilidad de ofrecer
placer gratuitamente, ya que el horizonte último de toda
iniciativa se halla, bajo el prisma del egoísmo, en el propio
placer. "Offrir son corps comme un objet agréable, donner
gratuitement du plaisir: voilà ce que les Occidentaux ne
savent plus faire. Ils ont complètement perdu le sens du don"
3
-afirma el narrador de Plateforme.
Y eso es lo que busca Michel en las asiáticas.
Allí
donde el sentido economicista no ha invadido toda actividad humana,
los individuos poseen todavía esa capacidad de entrega
necesaria para el amor, esa actitud lúdica ante la vida que ha
perdido el occidental. Y puesto que en el amor reside gran parte de
las esperanzas del individuo en alcanzar la felicidad, la sociedad
debería esforzarse por cambiar sus planteamientos básicos.
Y
esto, augura Houellebecq, debe producirse en un futuro no muy lejano.
Los valores tradicionalmente masculinos, al crear un clima de
competición en que vencedor y vencido jamás podrán
darse la mano, deben ceder terreno a los valores tradicionalmente
femeninos. El optimismo, la generosidad, la complicidad y la harmonía
harán que el mundo avance en un sentido diferente, otorgando
más importancia a la satisfacción integral del
individuo que la que aporta la sociedad basada en los avances
tecnocientíficos. Sólo así se alcanzará
ese estado adanesco en que sea posible la mutua satisfación de
los instintos al considerarlos naturales y limpios.
...
parce que le corps est saturé de
contentement et de plaisir, et que toute l'inquiétude est
abolie. Je tiens à présnet pour certain que l'esprit
n'est pas né, qu'il demande à naître, et que sa
naissance sera diffcile, que nous n'en avons jusqu'à présent
qu'une idée insuffisante et nocive.4
Un
nuevo espíritu hacia el que tender a través del cuerpo;
o, más bien, a pesar del cuerpo, para conseguir por fin el
estado corporal necesario para hallar en él la correspondencia
con un concepto ideal de Hombre. Una idea platónica que
adquiere fácilmente tintes religiosos. El mismo escritor
revelará a Arrabal (en El Cultural de El Mundo, 31/10/01) ser
un
hombre de orden. No puedo imaginar una sociedad viable sin el eje de
una religión (...) una religión compatible con el saber
científico y la indeterminación cuántica (que)
podría devolvernos el encanto embriagador de la divinidad.5
Y, en
última instancia, esta es la única manera de alcanzar
la Humanidad idealizada de los utopistas: por medio de la sublimación
del sexo, el miedo al futuro y el egoísmo. El sexo, sabemos
cuál es el método propuesto; el miedo al futuro, y el
inevitable miedo a la muerte desaparecerían en cuanto los
avances científicos en biología molecular y física
cuántica dieran con el remedio contra el envejecimiento
celular. Con estos dos elementos desaparecería todo instinto
egoísta del Hombre, pues, como afirmaba Marcuse, es la
ansiedad ante la propia muerte la causa de la ambición:
impulso irrefrenable de construir una propia historia que nos
sobreviva tras el ocaso. Sólo así puede cesar el
levantamiento del Hombre contra el Hombre. "L'humanité
devait disparaître; l'humanité devait donner naissance à
une nouvelle espèce, asexuée et immortelle, ayant
dépassé l'individualitè, la séparation et
le devenir" -dice el narrador de otra novela, Las
Partículas elementales.6
Sin
embargo, la posibilidad de que estos cambios sobrevengan realmente es
más bien remota, si hacemos caso del desenlace final que
imprime Houellebecq a sus historias. Consecuencia lógica del
pesimismo a que hacía referencia al comienzo de estas
reflexiones, ninguno de estos planteamientos logra una estabilidada
definitiva. El amor, que aparece como salvador en todas las novelas
se extingue por acción de la muerte: Christiane muere en Las
Partículas...;
Valérie es asesinada por un grupo de fanáticos
islamistas en Plateforme.
Y en cuanto al sueño de una organización que se ocupara
sistemáticamentre de las pulsiones del ciudadano, Bruno la
encuentra en un hospital psiquiátrico en Las
Partículas...;
la red de centros de vacaciones sexuales se viene abajo tras el
atentado terrorista en Plateforme,
acosado por las presiones de una sociedad poco tolerante con la
verdadera libertad sexual.
Nos
encontramos, por consiguiente, ante una novela en la que la trama y
los personajes están al servicio de unos planteamientos
ideológicos. Houellebecq ha preferido esta fórmula a la
empleada por Nietzsche en su Zaratustra;
aunque, así como el profeta mesopotámico bajaba de la
montaña, el escritor francés desciende de su elevada
plataforma para presentar a la humanidad el fruto de sus reflexiones
bajo la apariencia de una fábula. Entronca por ello con la
tradición del roman
à thèse
tan querida a algunos pensadores franceses de la postguerra mundial.
3
Ibidem, p. 254.
4
Ibidem, p. 169.
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