El
domingo pasado, día 21, fue fecha de reivindicaciones a ambos
lados de la frontera del Somport. ¿Para cuándo la
reapertura del eje ferroviario Zaragoza-Canfranc-Pau? ¿Cuánto
tiempo llevan los partidos asistentes -incluidos los del equipo de
gobierno- convocando a los ciudadanos, ahogando sus promesas en
sucesivas y estériles convocatorias? Mucho. Varios años
únicamente útiles para que los asistentes se desfoguen
entonando consignas de libertad y de progreso.
Pues
bien, ese día 21, la reivindicación se tiñó
de rojo y amarillo. A lo largo de toda la jornada, varios asistentes
blandieron, cual espada de Alejandro presta a deshacer el nudo
gordiano de la identidad, banderas aragonesas. ¿Qué
pintaban allí, a no ser que sirvieran para acentuar la carga
sentimental de esas consignas y peticiones? ¿O acaso se
trataba simplemente del despliegue de la artillería
publicitaria de algunas fuerzas políticas de corte
nacionalista? Entre estas, las más conspicuas eran las de la
Chunta Aragonesista y las de Iniciativa Aragonesa, que acompañaron
el recorrido de los allí reunidos entre sones de instrumentos
tradicionales: acordeones, chicotenes y gaitas, recuperados del
olvido así como las banderas yacentes entre el polvo de los
cachivaches del cuarto trastero.
Por
fin los aragoneses han sacado sus identidad a la calle y la muestran
sin vergüenza alguna. Un hecho diferenciador absoluto: la
bandera. ¿Aún habremos de buscar otros: el acento
ascendente de la tierra llana? ¿U otros: cachirulos al viento?
Ser aragonés, ¿consistirá en eso?
"Aragón
ye nazión...", aseguran muchos. Y
no lo pongo en duda. Sobre todo porque no necesito de símbolo
alguno para aseverarlo. Como tampoco necesito exagerar mi acento para
demostrármelo. Ni desempolvar mis conocimientos de gramática
del aragonés para convencerme de que soy tan de esta tierra
como los que emulan al irreductible pirenaico en su lucha contra la
invasión cultural venida de Castilla.
Muchos
hay que yo conozco que hayan desclavado el Guernica de la pared de su
cuarto para colgar una bandera aragonesa. Atreviéndose a
tildar de "fachas" a los que han decorado su madriguera con
la bandera constitucional. De izquierdistas -antifranquistas-, muchos
se han subido al carro del nacionalismo. Y, en este país, como
rezaba el desafortunado eslogan electoral de un partido, nacionalismo
podía escribirse con Z. Con Z de izquierda. Con Z de
sozialista. Con Z de
nazionalista. Con Z de
nazionalsozialista. Paro
el carro.
Cuarenta
años de noche oscura del franquismo alimentaron España
de símbolos para rato. Algunos se han negado a respetarlos en
instituciones tan uniformizadoras como el ejército, donde
obligan a los mozos a jurar fidelidad a un pedazo de trapo. Ahora,
esos que se negaron, se presentan voluntarios a partirse el brazo
haciendo ondear otro pedazo de tela. Y los soldados que fueron a
regañadientes-o incluso objetores de conciencia-, sueñan
ahora con formar un cuerpo que haga de ellos gudaris
o segadors: los
pilares de la nueva nación aragonesa.
"Aragón
ye nazión..." ¿Habrá
un día en que todos habremos de demostrar nuestro
aragonesismo? ¿Llegaremos a la cuestión de los doce
apellidos exigibles para mostrar la pureza de nuestro origen, como
sigue el PNV; o claudicaremos ante la acusación de
"inmigrante" que puedan verter sobre nosotros los
aragoneses viejos? Cuando se establezca un gobierno de rígido
corte nacionalista, ¿alguien advertirá, como los de
CiU, de que nadie que tenga apellidos castellanos podrá llegar
a puestos de relevancia en este país?
¿Habrá
un día en que todos, al levantar la vista, veamos una tierra
que ponga 'libertad'?
Francisco
Domínguez
29/05/00
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