miércoles, 25 de junio de 2014

12. MARCELINO (IGLESIAS) EN BARCELONA

Marcelino en Barcelona

Me cuenta mi amigo Pere, periodista en Barcelona, que Marcelino aparentó mucho nerviosismo durante todo el almuerzo ofrecido por Maragall. Y, la verdad, sus comensales consideraban que no tenía motivo ninguno para ello. Todo el equipo de PSC-Iniciativa pel Canvi le había llevado, como quien diría, a la sillita de la reina, desde que nuestro flamante presidente augurase seguro éxito a D.Pasqual en catalán altorribagorzano: discurso que resonó medieval en la antiquísima Plaça del Rei barcelonesa.
Tampoco debió de ser porque se sintiera el hermano pobre: Baleares y Cataluña alcanzan las mayores cotas estatales en renta per capita. Y pongo en duda esta posibilidad porque nuestra comunidad (¿todavía?) preserva intacto el orgullo -que no compra ni dinero ni puesto alguno en el ranquin ibérico- de haber dado su nombre al imperio que antaño se extendiera por el Mediterráneo. Y ése es un gran capital histórico, menoscabado por un instinto mercantil poco desarrollado, y por la falta de consenso de los manuales de Humanidades.
Mas cuéntame Pere que, tras los postres (a elegir entre la consabida crema quemada y un pain perdu amb tomàquet dolç de Ferrán Adrià), Marcelino levantóse como un resorte de la mesa (bueno, según me dijo Pere, cual Chiquito de la Calzada -pero esto no me atrevo a secundarlo, acandemoor!) que subióse raudo al coche oficial, y que indicóle a su chófer la dirección del punto más alto del monte Tibidabo. Desde donde, blandiendo teléfono móvil (¿qué compañía utilizará el GA: le hará el juego a los amigos del PP?) asestó certera llamada al número personal de Jordi Pujol:
- Jordi, que sóc en Marcel.lí. Mira, que si tú crees poder apoderarte de mi Aneto, yo hago lo propio y declaro a peña tomada aragonés el territorio condal.
Dicho lo cual, nuestro presidente hundió en la cima del pueyito una barra aragonesa (sí, de las de tirar) tan profunda tan profunda, que allí se ha quedado esperando a que alguien se atreva a sacarla, y a asumir la responsabilidad histórica de volver a tomar las riendas de tan vastísimo imperio. 23
A partir de esa fecha, la Enciclopedia Aragonesa pudo incluir el monte Tibidabo -con su montaña rusa, con su noria, con sus pinedas a lo cerro de San Jorge- como formando parte de Aragón. Pero sôlo a partir de esa fecha, en el momento en que nuestro Presi de Comu tomara pûblica posesiôn.
Comparémonos, aragoneses, con nuestros vecinos, imaginando su reacciôn en tal caso de lesa majestad sobre la jurisdicciôn administrativa catalana.
Porque, en realidad, basta con darse un paseo por entre las pâginas de la Enciclopèdia Catalana, obra de gran porte e importancia subvencionada por la Generalitat, para darse cuenta de que consideran el Aneto como el pico mâs alto de Catalu&a. Y si, como decîa aquel, la verdadera patria de uno es la infancia, yo me niego a que excluyan de la mîa al Aneto y su Val de Benâs: historia familiar, anécdotas a cientos, recuerdos de temprana adolescencia humedecidos por el trueno pirinenco, amor a la montaña crecido al amor de la sombra de los pinos, mil y una acampadas en que se desarrollô mi personalidad y la de la gente que me rodea. ¿O acaso deberé aceptar que nos abduzcan a todos dentro de esa nave medieval, unidad de destino en lo universal, que quiere construir Catalu&a con todos los Països Catalans?


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