Marcelino
en Barcelona
Me cuenta mi
amigo Pere, periodista en Barcelona, que Marcelino aparentó
mucho nerviosismo durante todo el almuerzo ofrecido por Maragall. Y,
la verdad, sus comensales consideraban que no tenía motivo
ninguno para ello. Todo el equipo de PSC-Iniciativa pel Canvi
le había llevado, como quien diría, a la sillita de la
reina, desde que nuestro flamante presidente augurase seguro éxito
a D.Pasqual en catalán altorribagorzano: discurso que resonó
medieval en la antiquísima Plaça del Rei barcelonesa.
Tampoco debió
de ser porque se sintiera el hermano pobre: Baleares y Cataluña
alcanzan las mayores cotas estatales en renta per capita. Y
pongo en duda esta posibilidad porque nuestra comunidad (¿todavía?)
preserva intacto el orgullo -que no compra ni dinero ni puesto alguno
en el ranquin ibérico- de haber dado su nombre al imperio que
antaño se extendiera por el Mediterráneo. Y ése
es un gran capital histórico, menoscabado por un instinto
mercantil poco desarrollado, y por la falta de consenso de los
manuales de Humanidades.
Mas cuéntame
Pere que, tras los postres (a elegir entre la consabida crema quemada
y un pain perdu amb tomàquet dolç de Ferrán
Adrià), Marcelino levantóse como un resorte de la mesa
(bueno, según me dijo Pere, cual Chiquito de la Calzada -pero
esto no me atrevo a secundarlo, acandemoor!) que subióse raudo
al coche oficial, y que indicóle a su chófer la
dirección del punto más alto del monte Tibidabo. Desde
donde, blandiendo teléfono móvil (¿qué
compañía utilizará el GA: le hará el
juego a los amigos del PP?) asestó certera llamada al número
personal de Jordi Pujol:
- Jordi, que
sóc en Marcel.lí. Mira, que si tú crees
poder apoderarte de mi Aneto, yo hago lo propio y declaro a peña
tomada aragonés el territorio condal.
Dicho lo cual,
nuestro presidente hundió en la cima del pueyito una barra
aragonesa (sí, de las de tirar) tan profunda tan profunda, que
allí se ha quedado esperando a que alguien se atreva a
sacarla, y a asumir la responsabilidad histórica de volver a
tomar las riendas de tan vastísimo imperio. 23
A partir de esa
fecha, la Enciclopedia Aragonesa pudo incluir el monte Tibidabo -con
su montaña rusa, con su noria, con sus pinedas a lo cerro de San
Jorge- como formando parte de Aragón. Pero sôlo a partir
de esa fecha, en el momento en que nuestro Presi de Comu tomara
pûblica posesiôn.
Comparémonos,
aragoneses, con nuestros vecinos, imaginando su reacciôn en tal
caso de lesa majestad sobre la jurisdicciôn administrativa
catalana.
Porque, en
realidad, basta con darse un paseo por entre las pâginas de la
Enciclopèdia Catalana, obra de gran porte e importancia
subvencionada por la Generalitat, para darse cuenta de que consideran
el Aneto como el pico mâs alto de Catalu&a. Y si, como
decîa aquel, la verdadera patria de uno es la infancia, yo me
niego a que excluyan de la mîa al Aneto y su Val de Benâs:
historia familiar, anécdotas a cientos, recuerdos de temprana
adolescencia humedecidos por el trueno pirinenco, amor a la montaña
crecido al amor de la sombra de los pinos, mil y una acampadas en que
se desarrollô mi personalidad y la de la gente que me rodea. ¿O
acaso deberé aceptar que nos abduzcan a todos dentro de esa
nave medieval, unidad de destino en lo universal, que quiere
construir Catalu&a con todos los Països Catalans?
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