CRÍTICA COTIDIANA Artículos, crónicas y demás de Curro Domínguez
miércoles, 25 de junio de 2014
38C. HOUELLEBECQ: LA SEXUALIDAD COMO BIEN DE CONSUMO
HOUELLEBECQ: LA
SEXUALIDAD COMO BIEN DE CONSUMO
(Michel
Houellebecq, Plateforme.
Flammarion. París, 2001. 370 páginas.)
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Michel
Houellebecq (La Reunión, 1958) hizo su entrada en el mercado
editorial francés en 1991 con un ensayo sobre H.P. Lovecraft,
al que le han seguido hasta la actualidad tres poemarios, un libro de
relatos y tres novelas. Plateforme
(plataforma) es su cuarta novela, publicada en agosto de 2001 con el
despliegue necesario para rodear al escritor de la polémica
que siempre han suscitado sus intervenciones públicas y su
obra.
Esta
fama, que le ha dado en Francia opción a conseguir en 1998 el
Premio Nacional de las Letras -así como otros de menor
relevancia- tan apenas ha atravesado los Pirineos, a pesar de las
continuas referencias que del autor se hacen en los medios españoles
especializados en literatura. La editorial Anagrama se encargó
de publicar sus dos primeras novelas (Ampliación
del campo de batalla (1999) y Las
Partículas elementales (2000))
así como una colección de textos cortos (El
Mundo como supermercado), conociendo en
realidad poca proyección comercial. ¿Cuáles son
los motivos de su escasa repercusión española?
Las
causas pueden ser variadas. Una podría ser el progresivo
desinterés que desde los años 80 ha mostrado la
industria editorial de nuestro país por los escritores
arriesgados, excéntricos y conflictivos. Otra, la poca
confianza que ha demostrado tener el lector español por toda
obra de cierto calado intelectual -hecho propiciado por la misma
industria del libro al potenciar una literatura de evasión y
entrenimiento antes que el drama psicológico, tan del gusto
del lector francés-. Y, por último, el malditismo, que
seduce a un importante sector del público lector en Francia,
apenas tiene predicamento en España: porque Houellebecq se ha
labrado, tal vez a su pesar, una reputación de inconformista y
contestatario que resultarían artificiales y molestas en
nuestro país. Los ecos de Mayo del 68 se apagaron hace tiempo
al sur de los Pirineos, mientras que al norte siguen encendidos por
obra de un gran número de sociólogos y novelistas.
Lo
cierto es que, disquisiciones extraliterarias al margen, la obra de
Houellebecq es poseedora de unos ingredientes que la hacen no sólo
apta para la más profunda reflexión, sino también
perfectamente accesible a una lectura relajada cuya única meta
sea el entretenimiento. Pero que no espere el despreocupado lector de
las tardes de domingo salir indemne de la experiencia: Houellebecq
perjudica y engancha, su consumo es desaconsejable para las mentes
demasiado impresionables. Pues tal vez eran impresiones fuertes lo
que el público galo necesitaba para renovar su confianza en la
literatura, y la nueva generación de escritores ha creído
poder ofrecérselo.
Nuevos nombres
Los
nuevos nombres, que van desde Virginie Despentes (autora de la
polémica Fóllame)
hasta Marie Darrieusecq (célebre con Marranadas),
pasando por Vincent Ravalec (El Canto de
la chusma) o la más comedida
Lorette Nobécourt (con la sublime La
Comezón), se complacen en
mostrar una realidad ciertamente dura y cruel sobre un trasfondo de
crítica social. Este fenómeno, que podría
calificarse de "realismo sucio a la francesa", ha
encontrado un sugestivo apoyo editorial y mediático, traducido
inmediatamente por las cifras de venta en las librerías. Tal
vez el mercado vea en ellos, jóvenes autores, la promesa de
futuras y sustanciosas ganancias que les lleve a mimarlos ahora para
no perderlos después, ya escritores consagrados. Lo cierto es
que quien proclamara una crisis en la literatura francesa ha errado
el tiro de medio a medio: aun a pesar de los valores seguros como
Patrck Modiano o Yasmina Reza -que perpetúan la tradición
intimista, bon vivant
y psicologicista junto al recuerdo a la 2ª Guerra Mundial- los
jóvenes se abren camino renegando del legado de sus mayores.
Así, desaparecen los dramas relacionados con Vichy y la
ocupación; las constantes referencias a la gastronomía
y al vino, tan habituales en la cultura francesa, son sustituidas por
pizzas y cerveza; la gran cultura, representada por la música
culta, la ópera, el teatro y el arte clásico, es
patrimonio de una burguesía acomodada que en poco o nada
coincide con los nuevos creadores; y, por último, el contexto
familiar, que tanto ha sido explotado en la narrativa francesa más
conocida, aparece atomizado y desgajado por la construcción de
la sociedad contemporánea.
Si
se pudiese caracterizar a esta nueva generación de narradores
franceses a través de unos rasgos comunes, no nos
equivocaríamos al señalar el carácter
mayoritariamente urbano de las historias propuestas. Los personajes
suelen ser veinteañeros o treintañeros recién
integrados al mercado de trabajo, cultos o con una sólida
formación académica, que viven en grandes ciudades
-especialmente París, que sigue siendo una especie de locus
amoenis para el lector francés
medio- con todas las dificultades que de ello se derivan: soledad,
homogeneización, ocio programado...
El
segundo rasgo común que cabría señalar es el
recurso habitual a situaciones de carácter erótico
dentro de la historia principal. La actividad sexual aparece como un
elemento relacional entre los personajes, tal vez el único
fiable que pueda establecerse entre ellos. También la asuencia
de toda actividad sexual puede definir las relaciones de un personaje
con su entorno, presa de constantes frustraciones.
El
amor es evocado como algo deseable pero difícilmente
alcanzable. La dificultad radica tal vez en la imposibilidad de crear
vínculos entre los individuos, pues cada uno tiene ya bastante
con sus propios problemas. Todo planteamiento sentimental queda,
pues, abolido, a no ser que sea presentado con destructor cinismo.
Otro
rasgo unificador podría ser el gusto por los planteamientos
argumentales con una cierta perspectiva social. El paso de la
adolescencia estudiantil a la asunción de responsabilidades
laborales y sociales sume al joven trabajador en el marasmo, del que
sólo se recupera mediante soluciones a corto plazo. La
alienación del trabajo, la crítica de las desigualdades
sociales, el elogio de la exclusión, no les son ajenos a estos
nuevos creadores franceses. De ahí que sus personajes escojan
frecuentemente la automarginación como protesta, o la
dinamitación del orden en su entorno como vía de
escape.
El
resultado de cualquier historia que gire en torno a este cúmulo
de insatisfacciones sólo puede ser terrible. Así, el
tono habitual de estas narraciones tiende más al drama
catastrofista que al atisbo de un rayo de esperanza. Nihilismo y
angustia vital que conducen fácilmente al sufrimiento y a la
desesperación.
Plateforme
La última
novela de Houellebecq, Plateforme,
posee algunos rasgos que emparentan a su autor con la nueva
generación de narradores. No en vano, estos le consideran como
su jefe de filas, no sólo por su mayor edad, sino por el
fulgurante éxito de su obra. Pasemos a detallar someramente
las grandes líneas de la historia para ver en qué
medida cuadran con los propósitos antes señalados.
El
narrador-protagonista de Plateforme,
Michel, es un parisién con todas las características
del habitante de la gran ciudad. Es un hombre culto, funcionario en
el ministerio de cultura, con una importante formación
académica. La diferencia principal -con respecto a los rasgos
antes señalados- estriba en la edad del personaje, quien ya ha
alcanzado los cuarenta y se siente excluido del ámbito
juvenil. Esto se hace patente en la obra al comenzar con la narración
de la incineración de su padre, hecho éste -el de la
muerte del padre- que cree determinante para su entrada en la vida
adulta. Uno nunca se hace realmente
adulto,
dice Michel sin embargo.
Este
narrador-protagonista, solitario compulsivo, que nunca ha podido
mantener una relación sentimental duradera, es un avezado
erotómano -rasgo que le emparenta con los caracteres dados más
arriba-. Siempre en pos de la satisfacción de un deseo
constantemente renovado por la publicidad y la televisión,
Michel hace uso frecuente de peep-shows
y de la prostitución callejera. Sin embargo, el deseo sexual y
su satisfacción cotidiana nunca aparecen como hitos felices en
la biografía del personaje, sino como una mecánica
necesidad que ha perdido toda la magia del rito. Por ello mismo, las
circunstancias que rodean a cada nuevo capítulo de la
actividad sexual en Plateforme
son descritas con frialdad naturalista, sin que el verbo del narrador
se deje llevar por los transportes que antaño arrastraban a
las heroínas stendhalianas o flaubertianas. La culminación
de todo encuentro sexual ha de ser, necesariamente, una descarga
seminal, cuya intensidad determinará la bondad o la
mediocridad del mismo.
Las
aspiraciones naturales de acceder a la felicidad se materializan en
la presencia de una mujer, no sólo como constante objeto
prodigador de placeres carnales, sino como único vínculo
posible con la humanidad (¿recuerdan aquel cherchez
la femme?). Michel es un hombre
solitario, sin otros personajes con los que establecer relaciones de
complicidad; tal vez se sienta impelido a ello por desconfianza ante
las motivaciones pretendidamente gratuitas de los amigos. En el amor,
la relación de intereses entre los dos componentes está
definida de antemano, disipando a priori
la existencia de intenciones ocultas.
De este modo la pareja, hecho frecuente en la narrativa francesa, se
erige en parapeto del individuo frente al mundo.
Michel,
durante un viaje organizado a Tailandia -una dimensión
diferente de los amores venales-, conoce a Valérie, una joven
que desea saber qué ve el hombre occidental en las mujeres
asiáticas. La atracción de Michel por la joven irá
creciendo hasta concretarse en una cita al fin de las vacaciones.
Entre ellos nace una sólida relación de amor basada en
el entendimiento y la complicidad sexuales, que les lleva a entablar
relaciones esporádicas con otras parejas.
El
amor aparece, pues, como una fuerza capaz de neutralizar la
frustración sexual, connatural al ciudadano de los países
industrializados. Y es que el actual clima de liberalismo sexual es
percibido por el narrador, a imagen del liberalismo económico,
como creador de bolsas de pobreza. La condición humana o
ciudadana no es suficiente para que el individuo pueda asegurarse la
satisfacción del deseo, sino que se basa en el poder
adquisitivo de cada uno. De ahí que el sexo funcione como
nivelador social y propiciador de desigualdades. Ante este cruel
determinismo, físico o económico, lo ideal sería
proponer la satisfacción generalizada de los instintos
libidinosos de todos y cada uno de los miembros de la sociedad. Sólo
así el deseo dejaría de ser una preocupante constante
en la vida del ciudadano.
A
la espera de la llegada de esa ordenada sociedad (inspirada en cierto
modo en modelos fourieristas, en Huxley y en el Skinner de Walden
2) caben soluciones conducentes a
reparar ese déficit libidinoso de la ciudadanía. Así,
en Plateforme,
Michel, Valérie -que ha resultado ser una alta ejecutiva del
sector del turismo- y el jefe de ésta deciden poner en marcha
una red de centros de vacaciones en los que el principal atractivo
para el cliente sea la actividad sexual: una situación pura de
intercambio comercial en la que el frustrado pero rico ciudadano
occidental pague la abierta disposición del ciudadano del
mundo subdesarrollado a compartir su cuerpo. Se produciría así
una transferencia constante de divisas que no podría sino
satisfacer a ambas partes: sexualmente al occidental, y
económicamente al subdesarollado. La polémica está
servida.
Si
la comercialización del cuerpo resulta algo denigrante para la
civilización occidental es porque se ha demonizado todo lo
relacionado con lo erótico, limitando su satisfacción
al ámbito de lo privado. Y esto a pesar de una pretendida
liberación sexual que ha invadido todas las capas de la
sociedad. Según Houellebecq, quien sostiene que esa liberación
sólo fue una estratagema del mercado para separar al individuo
de todo afán colectivista (y en especial de la familia, último
reducto de una especie de comunismo primitivo), la satisfacción
compete esclusivamente al individuo, por lo que es lógico que
sólo el egoísmo asegure su consecución. De ahí
que el individuo de Occidente desestime la posibilidad de ofrecer
placer gratuitamente, ya que el horizonte último de toda
iniciativa se halla, bajo el prisma del egoísmo, en el propio
placer. Ofrecer su cuerpo como un objeto
agradable dar placer gratuitamente: eso es lo que los ocidentales ya
no saben hacer. Han perdido completamente el sentido de la entrega
-afirma el narrador de Plateforme.
Y eso es lo que busca Michel en las asiáticas.
Allí
donde el sentido economicista no ha invadido toda actividad humana,
los individuos poseen todavía esa capacidad de entrega
necesaria para el amor, esa actitud lúdica ante la vida que ha
perdido el occidental. Y puesto que en el amor reside gran parte de
las esperanzas del individuo en alcanzar la felicidad, la sociedad
debería esforzarse por cambiar sus planteamientos básicos.
Y
esto, augura Houellebecq, debe producirse en un futuro no muy lejano.
Los valores tradicionalmente masculinos, al crear un clima de
competición en que vencedor y vencido jamás podrán
darse la mano, deben ceder terreno a los valores tradicionalmente
femeninos. El optimismo, la generosidad, la complicidad y la harmonía
harán que el mundo avance en un sentido diferente, otorgando
más importancia a la satisfacción integral del
individuo que la que aporta la sociedad basada en los avances
tecnocientíficos. Sólo así se alcanzará
ese estado adanesco en que sea posible la mutua satisfación de
los instintos al considerarlos naturales y limpios.
... porque el cuerpo esté saturado de
satisfacción y de placer, y que toda la inquietud haya sido
abolida. Mantengo actualmente como cierto que el espíritu
todavía no ha nacido, que está deseando nacer, que su
nacimiento será difícil, que sólo tenemos de él
una idea insuficiente y nociva.
Un
nuevo espíritu hacia el que tender a través del cuerpo;
o, más bien, a pesar del cuerpo, para conseguir por fin el
estado corporal necesario para hallar en él la correspondencia
con un concepto ideal de Hombre. Una idea platónica que
adquiere fácilmente tintes religiosos. El mismo escritor
revelará a Arrabal (en El Cultural de El Mundo, 31/10/01) ser
un hombre de orden. No puedo imaginar
una sociedad viable sin el eje de una religión (...) una
religión compatible con el saber científico y la
indeterminación cuántica (que) podría
devolvernos el encanto embriagador de la divinidad.
Y, en última
instancia, esta es la única manera de alcanzar la Humanidad
idealizada de los utopistas: por medio de la sublimación del
sexo, el miedo al futuro y el egoísmo. El sexo, sabemos cuál
es el método propuesto; el miedo al futuro, y el inevitable
miedo a la muerte desaparecerían en cuanto los avances
científicos en biología molecular y física
cuántica dieran con el remedio contra el envejecimiento
celular. Con estos dos elementos desaparecería todo instinto
egoísta del Hombre, pues, como afirmaba Marcuse, es la
ansiedad ante la propia muerte la causa de la ambición:
impulso irrefrenable de construir una propia historia que nos
sobreviva tras el ocaso. Sólo así puede cesar el
levantamiento del Hombre contra el Hombre.
La humanidad debía desaparecer; la
humanidad debía dar a luz a una nueva especie, asexuada e
inmortal, que hubiese superado el individualismo, la separación
y el porvenir -dice el narrador de otra
novela, Las Partículas
elementales.
Sin embargo, la
posibilidad de que estos cambios sobrevengan realmente es más
bien remota, si hacemos caso del desenlace final que imprime
Houellebecq a sus historias. Consecuencia lógica del pesimismo
a que hacía referencia al comienzo de estas reflexiones,
ninguno de estos planteamientos logra una estabilidada definitiva. El
amor, que aparece como salvador en todas las novelas se extingue por
acción de la muerte: Christiane muere en Las
Partículas...; Valérie es
asesinada por un grupo de fanáticos islamistas en Plateforme.
Y en cuanto al sueño de una organización que se ocupara
sistemáticamentre de las pulsiones del ciudadano, Bruno la
encuentra en un hospital psiquiátrico en Las
Partículas...; la red de centros
de vacaciones sexuales se viene abajo tras el atentado terrorista en
Plateforme,
acosado por las presiones de una sociedad poco tolerante con la
verdadera libertad sexual.
Nos
encontramos, por consiguiente, ante una novela en la que la trama y
los personajes están al servicio de unos planteamientos
ideológicos. Houellebecq ha preferido esta fórmula a la
empleada por Nietzsche en su Zaratustra;
aunque, así como el profeta mesopotámico bajaba de la
montaña, el escritor francés desciende de su elevada
plataforma para presentar a la humanidad el fruto de sus reflexiones
bajo la apariencia de una fábula. Entronca por ello con la
tradición del roman à
thèse tan querida a algunos
pensadores franceses de la postguerra mundial.
38B. DE LO QUE SE COME SE CRÍA (CASA GERVASIO, Alquézar)
CASA
GERVASIO. Pedro Arnal Cavero, 13. Alquézar (Huesca). Menú
único: 20 €. Embutidos. Canelones rebozados. Judías
verdes y/o blancas. Costillas a la plancha con patatas fritas y/o
conejo en salsa de almendras. Fruta o flan de la casa. Vino a
discreción. Café y pastas. Licores a voluntad.
Casa
Gervasio (Alquézar): trasunto de estomagueras, rancho
espiritual.
De
cómo un menú à
volonté
puede violentar un estómago
Casa
Gervasio se ha hecho con un nombre en el sector de la restauración
de este bello paraje de la Sierra de Guara, Alquézar:
empinadas calles que parecieron asentarse al socaire de la Colegiata,
monumento que domina orgulloso la vega y el cañón del
río Vero. El pueblo ha conocido varias y progresivas
restauraciones, de tal manera que el visitante se cree transportado
lejos del frenético mundo contemporáneo. Pero nada más
lejos de la realidad: uno no puede abstraerse del ajetreo de sus
transeúntes, a quienes la cercanía de las peñas
y gargantas parece haber insuflado un frenesí excursionista,
traducible en esas miríadas de pateadores de los cañones
cargados de mosquetones y mochilas.
Y de
este fenómeno montañero no tienen poca responsabilidad
sus "descubridores" franceses, quienes encontraron en la
soledad de la Sierra un territorio arisco y agreste, de incomparables
misterios y desoladas campiñas. El barranquismo francés
ha sido el maná de los serranos, quienes han sabido explotar
las riquezas naturales de su entorno, haciendo necesaria la presencia
de una figura de protección que preservara de la rapiña
desarrollista tantos valores mediambientales como encierra la Sierra.
Alquézar
es un pueblo bonito, que se recrea en sus coquetas calles remodeladas
al gusto medieval, que inspira sosiego al fatigado excursionista
montaraz, quien encuentra acomodo estético para sus ojos,
asombrados por la belleza de los recónditos cañones. Y
quien encuentra generosa posada en Casa Gervasio, un restaurante que
reabastece los necesitados cuerpos con sus copiosísimas
raciones.
Y la
verdad es que este modesto restaurante, atendido con donaire y
gracejo por una especie de generala acostumbrada a bregar con todo
tipo de clientes, foráneos o no, empapuza consistentemente a
aquellos clientes que buscan en su mesa el exceso de una cocina bien
surtida, pero con escasa variedad. El comensal, avisado por la
reputación del mesón, se sienta con ceremonia, saliva
convenientemente, sabedor de que va a enfrentarse a una experiencia
ciertamente pantagruélica.
La
ceremonia se abre por un sencillo kyrie
eleison de
embutidos: jamón y queso con alguna chispa de longaniza y
chorizo -que el comensal devora religiosamente-. Y uno se pregunta si
tan malos son los quesos y perniles de la tierra, debiendo degustar,
más con gula que con deleite estético, un embutido de
tercera y un queso insípido. Oh, pastores del vecino pueblo de
Radiquero, fabricantes de esquisitos productos lácteos: ¿por
qué habéis abandonado a Gervasio al afán
usurero?
Es el
turno del Tuba mirum
con esos canAlones
de foie-gras de los bajos fondos del supermercado, rebozados y fritos
en un sospechoso aceite. La receta, que podría haber aportado
un tantinet
de curiosidad, se instala en los prolegómenos del deleite, y
sirve tan sólo al empapuzamiento sin miramientos.
Continúa
el rito con un Dies
irae de judietas
y judías blancas, según uno tienda al tenedor o a la
cuchara. Apetitosas brillan en la soledad de la fuente las primeras,
protagonistas totales de un plato introductor sin patatas ni
acompañamiento posible: hay que sentir hasta el tuétano
esa ceite
(los óleos son femeninos en el Somontano) que no reconoce la
oliva, tan presentes las oliveras
en todos los contornos. El ánimo cálmase un sí
es no es con las judías blancas, que saben a pueblo, que saben
a esos platos antiguos de dilatada cocción, presentes en la
cocina de semana en semana y que, a
força de nits,
pierden el sabor evocador del huerto robado al agreste peñasco.
Uno se introduce en el Recordare
de la liturgia católica soñando con los sabrosos
cocidos de la escudella catalana, del cocido montañés,
de la fabada montaraz: esos sabores que le hacen a uno pensar, con
Josep Pla, que el verdadero exilio está en el otro mundo: nada
que ver con esta judiada, la verdad.
Y
llega la hora de la verdad, el plato de resistencia, basado en
nuestro Aragón en el sacrosanto cordero, el Agnus
Dei de esta
ceremonia enajenante. Mientras los franceses braman flotando en los
vapores de un vino violento, las costillitas a la plancha saben a
déjà
vu, a déjà
mangé, a
esos invitados a un banquete que, como nadie conoce muy bien, se
sientan a todas las mesas sin que nadie llegue a dirigirles la
palabra. Es el cordero social, frito y refrito, recaldeado por los
vapores de la cocina y que ese caldo de uva -que tan poca justicia
hace a la producción de la tierra- permite hacerlo pasar
desapercibido.
El
cordero en Aragón parece una segura tabla de salvación
en la irregular restauración local. El Rex
tremendae de los
fogones altoaragoneses. Sin embargo los hay que hacen caso omiso de
tal recomendación consuetudinaria y se fían de sus
recuerdos familiares. Si uno tiene la suerte de que la inteligencia
de su compañero/a de mesa haya tendido al monte, podrá
desgustar el conejo en salsa de almendra: cocinado con la sabiduría
de la cacerola vieja, sin tener en cuenta urgencias ni prisas: es el
recurso final de quien, sabiéndose ahíto, oye las
demandas del paladar más que del estómago. Salsa
untuosa, Lux
aeterna, polvo de
almendra como camino de leche hacia la salvación espiritual,
conejo cocido en la generosidad del guiso familiar: solución
de todos los males culinarios sufridos hasta el momento.
El
postre es completamente obviable, así como el café de
puchero, cuyas bondades algunos tradicionalistas no se cansarán
de gritar a los cuatro vientos: uno ha crecido en la tecnología
caffetiera,
del expresso
corto o del tintico
bogotano. No me vengan con estas malas artes, ni con esas pastas
revenidas, compañeras de Matusalén en sus travesuras.
Si aún quedan ganas de beber, si aún queda algo de
respeto por la vida, uno pedirá el orujo de la casa, que
quién sabe si viene del vecino Radiquero: sabio pueblo
productor de cosas tan ricas. Beba uno sin recato, que la
ceite, las chullas,
las legumbres, han sobrevivido a mil batallas; que la esponja está
hecha; que si uno ha soportado todo eso, cómo no ha de
aguantar del alma del vino el líquido reducto: esa lachrima
finale resultado
del giro de las siete esferas. Por fin, tras ese Benedictus,
sale uno con el ánimo nuevo, con la fe recobrada en la
gastronomía, que se puede disfrutar en esta tierra de la
humildad de la casa de pueblo, de que la alegría sobrevive en
una botella: que su Sancto
Spiritu puede
redimir los pecados de las malas artes del demonio usurero. Y esto se
dice uno cuando, de vuelta casa, los suaves eructos que provoca el
orujo le hacen olvidar los malos sabores del infortunio.
Infortunio
que, como ustedes pueden imaginar, no le deseo a nadie.
38. ALGUIEN VA A VENIR, de Jon Fosse (compañía Embocadura S.L., CCMatdero, Huesca, 13/09/2002
Alguien
va a venir, de Jon
Fosse. Embocadura S.L.. Intérpretes Elena Gómez, Javier
Anós, Pedro Beitia. Direción: Mariano Anós.
Centro Cultural del Matadero. 13 de septiembre de 2002. 5 €.
Sinopsis
argumental
La
obra es sobria, así como la escenografía, como cabía
esperar de una pieza en la que sólo participan tres personajes
en un único lugar. Él y Ella han comprado una casa
aislada cerca del mar, con el fin de estar por fin solos y separados
del mundo exterior. El tiempo es agradable y la pareja se pasea por
los contornos del edificio, hasta que Ella percibe una presencia por
venir, una ausencia cercana. Él deja la escena por un
instante, momento que aprovecha el Hombre para entrar en acción
y sorprender a Ella observando el mar. Entre ellos dos se establece
un sensual encuentro hecho de acercamientos, de roces y de susurros,
abortado por Él a la vuelta de su infructuosa búsqueda
del extraño. Este se presenta a sí mismo, ante el
marasmo en que se ha quedado postrada Ella, siendo acogido con
excesiva y fingida simpatía por Él. Ella recoge su
chaqueta y se viste de nuevo tras recuperar el aliento.
El
propósito del Hombre es mostrarles la casa si así lo
desean, puesto que la conoce como la palma de su mano al haber vivido
en ella su padre y su abuela. Aunque prefiere dejar a los nuevos
dueños familiarizarse con su nueva vivienda, prometiendo
volver más tarde.
Entre
la pareja se establece un extraño y rebarbativo diálogo
trufado de observaciones celosas y de reproches de Él hacia
Ella y su gusto por los hombres. Él le espeta que jamás
Ella sabrá respetar el pacto de vivir solos y juntos para
siempre, lejos de los demás, puesto que siempre busca y
encuentra a alguien que complete su soledad. Entran por fin en la
casa, lugar de promisión para su ansiada soledad y, de nuevo,
sienten la presencia exterior del Hombre, quien les acecha y espía.
Ella
intenta zafarse de su amenaza iniciando un acercamiento sexual a Él,
quien se siente atenazado por la presencia del Hombre. Ella le
increpa para que salga y se deshaga él mismo del otro, de lo
que Él se siente incapaz. Se inhibe del asunto, lo deja en
manos de su compañera y se echa a dormir en un rincón.
Ella
abre por fin la puerta al intruso, quien entra en la cocina con una
botella para darles le bienvenida. Ella accede, y entre los dos
conforman un diálogo en el que la mujer no rechaza las
proposiciones de futuro que le hace el Hombre. Ante esta no-negativa,
el galán parece darse por satisfecho y vuelve a salir de la
casa, sin haber siquiera abierto la botella que traía.
La
mujer vuelve al rincón donde dormía Él, a quien
intenta consolar con sus encantos. Este los rechaza, y se muestra de
lo más inquieto por estar solos y juntos en ese espacio
cerrado. Salen al aire libre, momento en que cae el telón.
Lectura
personal (de corte freudiano)
El
argumento provoca una gran incertidumbre en el espectador, en lo que
no tiene responsabilidad menor la excelente música compuesta
por José Luis Romeo: inquietante, acompaña aquellos
momentos en que el dramatismo se hace más patente. La
historia, si bien yo la he desgranado en todos aquellos pequeños
episodios que la jalonaban, es más bien escueta, y no aporta
demasiados indicios sobre su significado. Digamos que la obra no
muestra una dinámica tradicional de presentación, nudo
y desenlace, por lo que el espectador cree no estar asistiendo a una
historia: esa fue una opinión mayoritariamente sentida y
recogida por el que suscribe estas líneas.
Sin
embargo, cabe hacer alguna consideración sobre el contenido
latente de la pieza, que sólo con una visión de sonda,
puede entresacarse de entre el sencillo contenido manifiesto del
texto puesto en escena.
Alguien
va a venir
representa un
conflicto edípico, vivido por los tres personajes básicos
de todo drama familiar primitivo: Ella y Él -que simbolizan a
la madre y al hijo-, y el Hombre -que representa al padre, ausente de
la vida familiar o de la estrecha relación que siempre
mantiene todo hijo con su madre-. De ahí que este Hombre
aparezca como una amenaza para la felicidad de Él y Ella; una
felicidad primitiva y básica, únicamente basada en un
intercambio de promesas de amor y de exclusividad. Sin embargo, el
Hombre aparece y reclama sus derechos sobre la madre, sobre la mujer,
sobre Ella. Es en la casa de los ancestros del Hombre donde va a
instalarse la familia incestuosa, lo cual no hace sino otorgarle
mayores derechos a disfrutar sexualmente de su mujer.
El
hijo, Él, ajeno a esta relación que se le escapa, no
reconoce en el Hombre a su padre, sino a un hombre desconocido que,
por razones que no alcanza a explicarse, atrae poderosamente a su
madre-amante. Ante esa extraña presencia (que podríamos
decir que es la presencia de una ausencia), Él reacciona
negativamente incluso ante el estímulo sexual que le aporta
Ella, la madre. Siente por ello una doble amenaza castradora: la de
la madre que se va a apoderar, mediante el acto sexual, de su pene
(pues ella está castrada) y la de su padre, quien le va a
invalidar para el acto sexual poseyendo a su madre. Cabe recordar que
la figura del padre, para el psicoanálisis, cumple la función
de mediador, puesto que es quien separa a la madre del hijo.
Y todo
esto ocurre en el interior de la casa. Desde el momento en que cruza
la puerta, Él se siente azorado, tenso, temeroso de que se
cumpla el acto sexual incestuoso, puesto que se trata del lugar
femenino por excelencia: el mismo seno materno El Hombre -el padre-
acecha, y Él se inhibe y deja que sea Ella quien decida. Ella
accede y el Hombre 'vuelve' a entrar en la casa, en el espacio
femenino, con una botella de divertido licor, para celebrar una nueva
fiesta báquica. Prueba de ello son sus peculiares
intervenciones en el diálogo, salpimentadas aquí y allá
con pantomimas y saltos de timbre: la danza de un fauno, de un
sátiro. Su lenguaje, además, se tiñe de las
peculiaridades fonéticas de la identidad femenina de la casa:
su discurso se puebla de Aes por momentos, enfatizando este hecho el
buen trabajo de Pedro Beitia: la cAsA es bArAtA o cArA, etcétera.
Así,
Alguien va a venir
no deja de ser sino la representación metafórica del
fin del amor idílico del hijo por su madre. Allí donde
estuviera, el padre se halla a años-luz de la estrecha
relación sensual que se establece entre una madre y su hijo.
Aceptar, por parte del niño, le existencia del padre,
significa aprender la imposibilidad de la unión con Ella. De
ahí que Él sólo se serene en ese espacio
universal, ese No
man's land que es
el espacio exterior de la casa, del dormitorio conyugal, de la madre.
O de la abuela -como lo refleja la importancia que se da a una
fotografía colgada de una pared-, que representa la eterna
vigencia, de generación en generación, del complejo
edípico (esta vez entre ella y el padre del Hombre).
Obra,
pues, simbólica y cargada de connotaciones sexuales latentes.
36. BOREDOM IS COUNTER-REVOLUTIONNARY, ALWAYS, de Roddy Hunter (Periferias 2002)
Boredom
is counter-revolutionnary, always,
de Roddy Hunter
(Periferias
2002. Territorio Performance. Centro Cultural del Matadero. Sábado
2 de noviembre. Entrada libre.)
Una
lectura de la intervención
"El
aburrimiento es contra-revolucionario", viene a decirnos el
performer británico
Roddy Hunter durante el comienzo y el fin de su intervención,
mientras recorre frenética e inagotablemente al perímetro
interior de la sala. En ella se hallan dispuestos varios objetos: una
mesa en la que, sobre un mantel hecho de una tela blanca y otra
negra, reposa un infiernillo en el que se calienta una cacerola
transaparente llena de agua; dos larguísimos metros abiertos
en el suelo, de los utilizados por topógrafos y trabajadores
de la construcción; dos amplificadores de gran potencia al
lado de los cuales penden sendros micrófonos que provocarán
un hiriente acople nada más activar aquellos. Y eso es todo.
Al
cabo de un cierto tiempo de su frenético deambular, el
Sr.Hunter se acerca a uno de los extremos de la sala para apoderarse
de las mesas en las que se había sentado parte de público.
Este, exiliado primero de su cómoda situación, ordenada
y limpia, debe repartirse por el escenario, pues Hunter utiliza las
mesas para pergeñar una irregular construcción en el
centro de la sala. Algunas de ellas basculan, otras necesitan un
apoyo suplementario para conseguir el necesario equilibrio. Una vez
completada esta extraña construcción, Hunter continúa
su metódico deambular, al tiempo que se va despojando de su
chaqueta y camisa, que deposita encima del irregular talabarte, así
como las telas de encima de la mesa.
¿Es
esta una alegoría del urbanismo inhumano, que desaloja a los
ciudadanos en aras de la originalidad conceptual? ¿Es esta una
metáfora del abandono de la vida humana de los centros de las
grandes metrópolis occidentales, ávidas de signos
distintivos que las particularicen? ¿Es una denuncia de las
inhumanas condiciones de vida en esos centros, asolados por el ruido
(ese maldito acople de los amplificadores, que aturde al espectador)?
Es probable, ya que el performer
se ha detenido tras la mesa donde ya hierve el agua sobre el
infiernillo, ha recuperado su camisa de la que tan sólo ha
pasado una de las mangas -dejando al decubierto una serie de vendas y
esparadrapos sobre el torso desnudo, y, mientras introduce la manga
vacía en el agua, lee las páginas del diccionario las
palabras que comienzan por la letra "U", enfatizando en su
declamación los términos "urbanismo" y
"utopía".
El
agua hierve, Hunter tan pronto introduce en la cacerola la manga como
la punta de los dedos: lo crudo y lo cocido, lo humano y lo
civilizado, naturaleza y cultura. Decubre su herido torso repleto de
vendas, que va introduciendo una a una en el agua burbujeante: el
sacrificio de las heridas en el altar de la cultura, en aras de la
civilización: más vale olvidar al dolor inflijido y
cedérselo a esa agua que todo baña, que todo limpia,
que todo depura.
El
performer abandona su curioso altar, se tiende en el suelo delante de
la mesa, se tapa la cabeza alternativamente con la tela negra y la
blanca, y posa el pequeño diccionario -ese conjunto de
palabras con cuyo ensamblaje ordenado se construye la comunicación
verbal- sobre su pecho: ceremonia, ritual, trascendencia de lo
expuesto.
Tras
este rito, Hunter se levanta y se hace con los dos largos metros
extendidos en el suelo, que agita con ambos brazos a modo de látigos
-un clásico de las performances,
como revelaría el coordinador, Valentín Torrens-. El
patrón de la medida humana que corta el aire, que
peligrosamente lo sesga, que incluso provoca heridas en las manos. El
metro de la civilización que, son su fundamento racional,
pretende unificar la vida del Hombre, sometiéndola a su
metódica dictadura.
La
calma llega. El sacerdote de esta ceremonia de la confusión se
deshace de sus aperos culturales. Vuelve a vestir su camisa y a
recorrer nervioso la sala, esta vez mrmurando en claro español
"lloro la muerte de Erak", que alterna con el título
de su intervención, Boredom
is counter-revolutionnary. Always.
El espectáculo se acaba. Aplausos. 30 minutos de reflexión,
de estrujamiento de meninges, de búsqueda de sentido a una
acción visual. No vale aburrirse en este juego, ya que dejar
de plantearse incógnitas y ámbitos de contestación
significa la contra-revolución, el fin de la utopía.
Siempre.
Para
la segunda parte de la sesión estaba prevista la intervención
del performer polaco Pawel Kwasniewski: la mala fortuna quiso que
este señor tuviera que reposar sus excesos alcohólicos
(Torrens dixit) en un hospital de Barcelona. Lo curioso fue que el
público parecía saberlo, pues nadie esperó a que
se produjera su actuación, aun a pesar de no haber sido
advertido de su ausencia. ¿Huida despavorida?
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